Y lentamente la prosperidad reinó en una España de propietarios de pisos que veían subir su «riqueza» sin otro problema que endeudarse para invertir y seguir comprando mejores pisos. Y con la prosperidad el cinismo colectivo se elevó a ideología hegemónica. Uno daba por supuesto que tenía derecho a la sanidad o a las pensiones como tenia hígado y que por tanto no se debía luchar por mantenerlas, sino buscar ventajas en ellas.
La jubilación anticipada y la categoría de rentista propietario de un par de pisos fue el ideal colectivo español en el nuevo siglo. El cinismo permitía olvidarse de consolidar los derechos que en torno al salariado se habían logrado –los trabajadores de la industria optaron una y otra vez por asegurar pensiones frente al porvenir de las industrias– condenando a una parte de la juventud al precariado.
Con ello la necesidad de educar en servidumbre, de que la mili disciplinase a la población dejándola lista para obedecer al capataz, resultó superflua.
(…) El narcisismo presidió la retirada generalizada del espacio público y cada uno se buscaba la vida como antaño los bohemios y artistas. El trabajo o las relaciones sociales pertenecían al campo de lo íntimo y no se sustentaban en ninguna red social sólida. La vida, el trabajo o los amores se hicieron líquidos por falta de continuidad o firmeza. ¿Como establecer vínculos firmes en la fábrica o con una pareja si ya se sabía que la situación no iba a durar?
Frente a la educación sentimental en disciplinas que la mili caricaturizaba, el «gozad malditos, gozad» fue el mandato social postmoderno
(…) En todo ese imaginario social satisfecho o excluido del gozo mercantil, en nadie resonaba la historia insumisa: formaba parte de la prehistoria paterna, de los rollos democráticos que se archivaron como falsas promesas y estafas generacionales. Insumisión era un término que pertenecían a las guerras de papá y cada joven postmoderno sentía que «yo no tengo nada que ver con ellas; yo, como los practicantes del surf, debo tratar de flotar por el mercado a la búsqueda de la buena ola que me lleve a un trabajo y una casa segura».
(Guillermo Rendueles, en Diario de un insumiso preso; Carlos Fueyo Tirado; Editorial Cambalache)
Vivimos, también en esta parte del planeta, un proceso de creciente militarización: económica, social, industrial, política, educativa… en una deriva en las que las élites económicas y políticas parecen querer arrastrarnos sin remedio a situaciones y coyunturas que pensamos que ya no volverían: servicios militares, guerras, dictaduras. Ante todo ello urge la contestación antimilitarista. Pero para que haya esa capacidad de respuesta parece conveniente que, principalmente, las generaciones más jóvenes, que son quienes tendrán que protagonizar esa lucha antimilitarista, puedan conocer algunas de los pilares fundamentales en los que se basaba ese tipo de militarización impuesto hasta no hace demasiadas décadas, así como que las generaciones que en su día se opusieron a él sepan elaborar una visión crítica de cómo ha tenido lugar ese abandono de la conciencia y consecuencia antimilitarista que, en buena parte, ha llevado a la presente situación.
Para un primer acercamiento a estas cuestiones, en la entrada de hoy vamos a acercar unos textos que no responden al perfil típico de los análisis antimilitaristas “ortodoxos” o “clásicos”, sino a una mirada distinta, que incorpora también el profundo conocimiento de la psiquiatría de su autor. Nos referimos al referente de la psiquiatría crítica Guillermo Rendueles y a dos de sus textos:por un lado, Las enseñanzas de la mili (2000), y, por otro, De Insumisos a Indignados (2015), ambos recogidos en Egolatría posmoderna, amnesia y despolitización, Escritos y entrevistas. Volumen II; Editorial Irrecuperables, 2024. Del primero, os dejamos a continuación un resumen con lo que nos ha parecido de más utilidad para el objetivo de esta entrada, y el segundo, gracias a que Cambalache ha liberado el pdf del libro, podéis consultarlo aquí, dirigiéndoos al último capítulo
LAS ENSEÑANZAS DE LA MILI
(en Juan Antonio de Blas (ed.) (2000) Militarismo y antimilitarismo: razones para una polémica. Avilés, CPRA)
Que la mili mata algunos cuerpos -200 cada año- es algo que mostraré en un cuadro de cifras ofrecidas por le propio Ministerio del ramo. Que la mili mata el alma de la mayoría de los jóvenes que por ella pasan es algo que intentaré razonar en este artículo a partir del análisis de los valores con que adoctrina el servicio militar, tanto desde antes de entrar, en la familia, y la escuela, como en el después de ese mercado sin sociedad al que son arrojados los jóvenes cuando tras la mili ya están maduros para ser movidos por interés económico y sumisión a la autoridad, para ser Ciudadanos Racionales.
Que la vida mata el alma de cuantos pasan por el Servicio Militar es algo que (…) intentaré sugerir en este artículo mediante el análisis de los valores que se enseñan en la mili o mejor en la Neoidentidad que la mili crea en el Veterano, al lograr la vinculación al culto de la Madre Patria que naturalmente tiene el patriotismo como primer rasgo de autorreconocimiento. Culto que permite, una vez cumplido el tiempo de sumisión a la irracionalidad militar en estado puro, devolver al joven “ya cumplido” con la Patria, maduro para obedecer a cuantos en el mercado o la sociedad le hagan, no tanto marcar el paso, como acomodarse al “helado cálculo del interés egoísta” y fundarse como sujeto en la racionalidad económica (¿?) y la aceptación de la Autoridad Civil.
Y este rito de iniciación llamado mili era necesario en la medida que no nacemos ni sumisos, ni maduros para mercado y obedientes. Para llegar a ser individuos regidos por autointerés y deseo de mercancías es preciso matar cualquier pasión en esa época de la juventud en la que aún se tiene la fuerza de la utopía en el alma, que no encaja en la personalidad desublimada que llaman Normalidad Psíquica.
De ahí que lejos de pensar el tópico de la Mili o el ejército como una institución fósil, resto de un pasado autoritario de la que hoy se puede prescindir voy a sugerir su perfecta articulación con otras instituciones Disciplinares -la escuela o la familia- con las que por debajo de su aparente contradicción, en mi opinión crea un cuerpo coherente de valores que transmiten la aceptación de lo Real por irracional que pueda aparecer y legitimación de cualquier injusticia que debe ser obedecida con tal de que esté sostenida por una autoridad marcada por los signos del poder.
Es entonces ese hilo de continuidad en la transmisión de autoridad la disciplina que voy a tratar de describir en este escrito, desde su nacimiento en la familia como amor filial hasta su salida como amor al orden o amor al amo, cuando ya estemos maduros para la libertad de mercado y la legitimación de la sumisión.
El valor central que teóricamente se vende en la mili es el Amor a la Patria, amor que como reconocen los teóricos militares no es algo innato, sino que el amor a la tierra, a la bandera, a la tradición de nuestros antepasados es algo que hay que enseñar, que hay que grabar como el amor a nuestras madres sobre todo en “épocas en que el torpe materialismo se adueña de los espíritus”.
(…)
De la Mili
En la época en que yo caí en el ejército, durante el campamento, nuestro comandante pedía a los reclutas una carta franqueada y dirigida a nuestra madre -los huérfanos a las tías maternas (influencias de lecturas de Levi-Strauss)-. En la carta a multicopia, el militar con prosa un poco florida y recargada reiteraba en una idea, no hay que pedir mucho más a la inteligencia militar, “usted nos mandó un niño a la mili y la patria le devuelve un hombre”. Esa era la función militar: hacer hombres, españoles patriotas y con honor.
La idea que guía al servicio militar obligatorio parece continuar la vieja idea de Hegel: si en la familia o la escuela es aún posible que Antígona o El Maestro enseño otra ley que la del Estado, el ejército se encargará de enseñar al joven quien es el Amo, enfrentándolo a la muerte y la guerra.
En la mili mueren jóvenes. A pesar del secreto que rodea toda la medicina (¿?) de la institución les es preciso reconocer que accidentabilidad, suicidios, muertes súbitas están sobrerrepresentadas y 2 cuadros nos pueden subrayar el problema:
Heridos y Fallecidos en la Mili 1983-1989:
Heridos 12.903
Fallecidos 1.149
Actos Suicidas:
Consumados 179
Tentativas 264
Autolesiones 384
Con independencia de que debemos emplear en estos casos siempre una epistemología de la sospecha, que multiplique las cifras oficiales, ya sabemos el Para Qué de la mili: la enseñanza de la muerte que si antaño era absolutamente explícita, hoy sigue implícita en el imaginario español.
Explícita en aquel culto y arquetípico militar que, cuando llegaba la tropa a África, preguntaba al más amedrentado de los reclutas: ¿A qué has venido tú aquí? ¿No lo sabes? Yo te lo digo: a morir, todos vosotros sois cadáveres… El himno que hoy como ayer sigue cantando esa tropa afirma noviazgos con la muerte, que el resto de las canciones militares no hace sino repetir y redundar en esa idea de que “por ver la patria temida y honrada” el soldado dichoso irá a la muerte.
El servicio se convierte entonces en un Servir a la Muerte, amenazado por esa muerte y de la que sólo se sale cuando uno está ya convertido en siervo y verdugo de los novatos tal como se trasluce en los actos de barbarie cotidiana con la que los veteranos en el servicio tratan a los recién llegados o en las siguientes canciones, joyas de la inventiva popular y el tipo de sensibilidad que la mili desarrolla.
Quinto Peluso:
Quintos vais a morir.
Cuando yo me incorporaba
tú recluta te reías,
Porque dejaba a mi novia,
que era lo que más quería.
Hoy las cosas han cambiado
recluta calamidad
y la novia del recluta con un veterano va…
Campamento San Gregorio
matadero de reclutas.
Los que vengan para enero
lo van a pasar muy putas.
Los que vengan para julio lo van a pasar peor.
Los que vengan en octubre
de esos ya me encargo yo.
Al llegar al campamento
lo primero que se ve
es un pico y una pala
y una escoba pa barrer.
Un porquito más adelante
hay un almendro florido
con un letrero que dice
Jódete no haber venido.
La rufianera rima cuartelera ya informa al pobre recién llegado del tipo de institución en la que va a recibir otro acto de educación sentimental. En ella, como Goffman ya dicho, su Yo, su alma tan trabajosamente construida va a ser profanada. Ya desde el principio cualquier rastro de intimidad le distancia de los otros, de cualquier rastro de individualidad va a ser perseguido y arruinado.
El pelo, el vestido, la barba sometido al reglamento. La toma de datos personales, médicos y familiares, en público: fulano, hijo de soltera, mengano con tuberculosis (los motes que acompañarán la mili se gestan en esos primeros instantes), que continúan aquel primer momento de la talla en que para vergüenza de los Ayuntamientos en su institución se hace esa leva que convierte a un chico individual y único en carne medida, tallada, sorteada para servir y calificada de útil o inútil.
Este carácter de carne es el que recorre toda la lógica militar: la desnudez y la ducha no sólo son públicas, sino apretadas; cualquier rastro de pudor calificado de mariconería, la comida, la dormida y la masturbación pública. Cualquier tiempo que se salga del reglamentado por unos extraños signos musicales de difícil desciframiento y exóticos nombres -retreta, fajina- perseguidos por un sistema de faltas que es imposible no violar. Por ello, no sentirse en peligro es un acto que solo los antisociales logran en la mili.
Lo Total de la Institución triunfa en el momento en que uno ha perdido el Yo, cuando siente que no puede querer a uno como uno, sino como miembro de la compañía y por tanto querido por el capitán, cuando siente que sólo el racimo y no la uva es lo importante, que su yo está disuelto en aquella horda llamada batallón, donde sus cantos y los del amo tienen el mismo aire de amor a la muerte y a la disciplina.
La mili como la escuela, también enseña, pero en unas condiciones óptimas para lavar el cerebro. Con el yo en condiciones de profanación por la institución total, el quinto queda en una situación que los psicólogos llaman de Indefensión Aprendida, en la que le parece, que haga lo que haga, los castigos pueden llegar igual, con lo que la postura abandónica, de no resistirse a nada, sea lo que sea la orden, es el criterio más adaptativo.
En esa situación, también los psicólogos académicos han descrito lo fácil de adoctrinar mediante Modelos Vicarios en los que el fuerte, el capitán, el veterano, las figuras de los Hombres Infames son aceptadas como modelo de identificación y como en el viejo mito fascista el enemigo está dentro de uno y la tarea posterior del que se quiera libre, será no solo luchar contra los amos de fuera sino contra ese militar interior.
Un repaso a los valores que la mili interioriza en sus levas puede servirnos para recordar y maldecir de ese amo:
A) Antiutopía: los sueños -relaciones libres, razonables, solidarias- son cosas de niños y en la mili se aprenden las razones de la fuerza como razón suprema, del Guerrero como aniquilador de los pequeño, de lo igual. Como apisonadora de los diferentes -maricas, negros-, la milicia se autopresentará como punto límite más allá del que cualquier proyecto social no debe pasar. Si se amenaza la unidad de la patria, por ejemplo, aunque esa amenaza se hubiera votado por los ciudadanos, la situación haría despertar al “gigante dormido”.De la mili se sale sin necesidad de teorizarla con la vieja enseñanza de los social-traidores “ninguna barricada puede parar un tanque”.
B) Homogeneización: la mili actúa como una batidora que homogeniza poblaciones y las sustituye por una individualidad que no es la suya. En la mayoría de los suicidios en la mili existe, unos días antes esa queja, tan similar por otra parte a los escolares suicidas, “estamos viviendo una vida que no es la nuestra”. Obedecer, saludar, comer… todo en grupo, con el mismo vestido, a la vez sincronizar los sentimientos de tal forma que anula aquel principio que nos individualizó, al permitir alejarnos de los otros y de la realidad.
C) Aceptar el orden burocrático: la vida militar exige aceptar una irracionalidad aparentemente absoluta. La derecha se llama de otra forma, camina exige ritos, los actos más sencillos exigen un manierismo que si se viese fuera de contexto sería psicótico y que de violarlo supone castigos. La irracionalidad no es sino el cumplimiento de unos reglamentos que anticipan el orden burocrático que puede percibirse en las huelgas de celo en las que el cumplimiento de reglas literal crea el caos: la mili es una situación de huelga de celo permanente. Todas las cosas que ocurren tienen causa y responsable (racionalismo mórbido), lo que conduce por ejemplo al arresto de mulos, baros de guerra o compañías que perdieron su pendón hace 100 años.
D) Un orden sencillo y seguro: los problemas son algo propio de intelectuales. En el servicio se trata de cumplir las órdenes y cualquier problema debe tener una solución técnica, en la que la introspección, el tener en cuenta la subjetividad de la persona es rotulado de debilidad. Frente al problema, “decisión y fortaleza que nos hace invencibles” y esperar que el tiempo haga correr el escalafón. Al tiempo el gusto por lo secreto, por la parcelación de las tareas de las que solo el mando sabe a qué in obedecen, favorece la visión puramente instrumental de hombres y acciones.
E) Los valores tradicionales: los valores éticos y estéticos de los de siempre, nacionalismo, machismo, racismo se asumen casi por osmosis en el cuartel donde mi pueblo, mi novia, mi madre por ser mías son mejores y el honor exige su defensa “con razón o sin ella” como dice la ordenanza. Cualquier código civil, cualquier convención moderna es despreciado frente a esta guía eterna. El sistema de saludo, tan importante que condiciona un nuevo orden temporal -saludo a la bandera a la bajada de bandera, a la virgen con la salve- condiciona de nuevo un sentimiento de sumisión agresiva, en función del rango que los etólogos comparan al orden de los grandes simios: la apariencia, las señales de jerarquía generan inmediata sumisión.
F) La estética de lo igual, de la simetría, de la serie armónica en la que todos, vestidos igual, marchando con el mismo pie, mirando al mismo lugar y repitiendo las mismas canciones orienta hacia la estética de la muerte en la que lo feo es lo que es distinto, lo pequeño, lo débil. Ya lo dice la canción: “soy el novio de la muerte que a todos nos hace iguales”.
G) El entrenamiento en el dolor físico como rasgo de nobleza y el aguante sin queja, como rito de iniciación a la categoría de veterano. La jura de bandera con sus horas interminables de paradas, misas y discursos que hay que aguantar sin desmayo es un indicador de ese sadomasoquismo que impregna el ambiente y que hace aguantar la fatiga hasta el desmayo o llora de emoción cuando se besa el tótem en forma de bandera y se aceptan los tabús de la banda militar.
La revolución cognitiva del quinto ya se ha producido, quedando instalado en lo que de aquí en adelante será lo Normal: una estructura de pensamiento, de Realismo Autoritario. Regido no por la Razón, ni por el Deseo sino por el sometimiento al que manda, que representa no ya el poder al que queramos o no tenemos que obedecer, sino lo Real, a lo que hay que adaptarse. Esa extraña realidad aparte que es la mili con sus reglas aparentemente absurdas, sirve como paradigma, como horma de adaptación de los adolescentes que de allí salen con el alma muerta para la razón y dispuesta a aceptar capataces, burócratas, guardias de tráfico, turnos de trabajo rotatorios, apartamentos hacinados, siempre un poco mejores que sargentos, brigadas o cuarteles.
(…)
Útiles para la Vida, Útiles para el Mercado
Como decía el comandante aquel de la carta “nosotros le devolvemos hecho un hombre aquel niño ingenuo que nos mandó a la mili”. Un hombre que ya sabe de la castración (los cojones se dejan a la puerta del cuartel que dice el sargento), que ya tiene un método de pensar útil para la vida del mercado, de la sociedad burocrática y el orden jerárquico.
Y es que en el mercado como en la mili para prever la conducta de los individuos poco o nada de psicología hace falta: la motivación estará sometida a ese cálculo egoísta de la ganancia económica -lo racional- y la sumisión a la autoridad que permite medrar y sólo lo que interfiere en esa carrera es considerado anormal. Si fulano riñe con su jefe es un caracterial, si mengano no abandona la ciudad, amores o aficiones por un trabajo de porvenir algo chinado debe estar.
Lo psíquico, en cuanto motivación no reducida a lo íntimo, en cuanto motivación que pueda interferir en la adaptación y obediencia a lo real económico es visto como anomalía y muestra cómo es mundo militar de lo simple, lo sin introspección, ha calado en la joven alma, que, como en Asturias cuando ve su región entera arrasada, no sabe Maldecir al Señor sino aceptar el ciego mecanismo de lo económico, cuyos funcionarios no tienen el capricho de arruinarnos sino que cumplen con la ley de la economía. Como en la mili la sociedad es un lugar caprichoso no regido por la razón sino por disciplinas económicas sin alma.
La sumisión moderna es entonces menos amor al amo y más acatamiento y reverencia por los datos económicos, la aceptación de precios y relaciones sociales como hechos naturales e inclinarse ante el señor es hoy admitir la realidad y avenirse a las jerarquías.
La mili ha enseñado también una especie de Ideología del Egoísmo; cada individuo debe pensar en su propia supervivencia sin buscar un interés general, cada uno es una especie de centro del mundo que piensa en su propia conservación y LA LOGÍSTICA ES SU PSICOLOGÍA. De la cama al consejo de administración, el cálculo económico o emocional preside las decisiones racionales (¿?): ¿Saco bastante provecho emocional de este amor? ¿Me compensa tal relación? ¿Me estarán gorroneando si peleo sindicalmente? ¿Estaré invirtiendo bien poniendo casa o será próspera mi familia?
La aceptación de que en el trabajo como en la mili, las cosas las realizamos bajo la autoridad de personas que lo son por azar o por sumisión, tiene la facilidad de ese fatalismo cuartelario del “las cosas son así”. La adoración por el éxito al margen de los méritos exige ese bajar la cabeza ante el que manda, esa idolatría por el poder.
La autoindulgencia es otro de los sentimientos adquiridos en la mili. Durante el servicio actos que en la vida civil son deshonrosos se exhiben con orgullo: tener un enchufe, ser el mimado por el sargento, escaquearse del trabajo colectivo, robar al compañero más tonto, ser cruel gratuitamente, son conductas exhibidas y valoradas como positivas frente a lo moral. El mercado acepta ese yo por encima de todas las cosas que excluya intereses de los otros y que convierte casi todas las comunicaciones en actos de comercio.
(...)
¿Rompiendo filas?
En breve y gracias a un gobierno conservador uno de los gritos de las manifestaciones antimilitaristas se va a hacer realidad: se va a acabar el servicio militar.
Con todo ello mi relato sobre las funciones de las enseñanzas de la mili parece caerse por tierra y reaparececer en cambio la teoría fósil, en cuanto la mili era una institución antigua, el autoritarismo moderno puede prescindir de ella. Y efectivamente una vez cumplida su función e interioridad de la disciplina, la coerción no se precisa y aun puede resultar reiterativa cuando familia, escuela o empleo activan esa obediencia sin otro esfuerzo que actualizar el egoísmo y dejar que funcione el mercado. Pasolini había profetizado como nadie la catástrofe moral que el mundo del consumo ocasionaría en las generaciones futuras y que provocativamente llamó la “transformación de las masas de jóvenes en masas de criminaloides”. Según Pasolini el mercado mutaría aquellos cuerpos que él tanto amó en su diversidad de hablas, artesanías o pillerías hacia un ejército homogeneizado: “los jóvenes que han nacido y se han formado en este periodo de falsa tolerancia están pagando esa falsedad (el cinismo del nuevo poder que lo ha destruido todo) del modo más atroz. Helos aquí a mi alrededor, con una ironía imbécil en los ojos, un aire estúpidamente satisfecho, un vandalismo ofensivo y afásico -cuando no un dolor y una timidez cuasi de colegiala- con que viven la intolerancia real de estos años de tolerancia”.
Por ello, es posible dejar de formar en el cuartel cuando cada fin de semana se obedece con precisión prusiana el clarín que llama a recorrer bares y lugares de diversión, cuando se desfila imitando al de al lado por los itinerarios que moda y relaciones públicas ordenan, cuando las poblaciones de jóvenes se convierten en esos batallones de la población civil que sirven al amo, no por coerción sino creyendo según su propio deseo desublimado cualquier energía utópica, que hace vivir como dice de nuevo Pasolini “en un mundo de irrealidad total donde ya no hay posibilidad de elegir entre el bien o el mas”, aunque como el antiguo veterano del servicio militar “se ha optado por el endurecimiento y la ausencia total de piedad”.
Quizás de ahí que las propuestas de Pasolini para eliminar la nueva criminalidad juvenil sean hoy el verdadero programa antimilitarista del siglo próximo y que consistían, él dice “modestas proposiciones”, en “abolir inmediatamente la enseñanza secundaria obligatoria y abolir inmediatamente la televisión”.

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