Desde hace dos años que vio la luz, la revista digital Zona
de Estrategia (con publicaciones
concretas también en papel), a nuestro juicio, cada vez se configura
más como un referente claro del pensamiento crítico, del análisis,
la crítica, el debate y la propuesta, cumpliendo adecuadamente con
los objetivos que anunciaron en su aparición pública:
La revista Zona de Estrategia pretende
agitar la crítica y construir herramientas de intervención que no
rindan pleitesía a ninguna forma de gobierno. Tratamos de impulsar
políticas autónomas que no se plieguen a los marcos partidistas, ni
a las guerras culturales que hoy polarizan, de forma cada vez más
impotente, el campo político.
Nuestra apuesta quiere proporcionar
herramientas críticas y abrir debates que ayuden a impulsar la a
veces anquilosada posición de los movimientos sociales y del
academicismo crítico.
Queremos promover análisis e
investigaciones militantes construidas desde las luchas, desde el
conflicto y desde la crítica situada y en tiempo real.
Aparte de los
artículos que va colgando en su web, ha publicado también, hasta el
momento de escribir estas líneas, cuatro Cuadernos
de Estrategia, iniciativa a la que definen así:
Una revista monográfica que propone
discusiones e investigaciones sobre la crisis contemporánea y los
vínculos entre conflictividad social, luchas políticas y la
construcción de organización. Es la publicación en papel de Zona
de Estrategia.
Pues bien, es al
último número de esta revista monográfica al que dedicamos la
entrada de hoy. Monográfico que se titula Crítica
de los movimientos sociales. Clase e identidad en el neoliberalismo.
Y lo hacemos porque, de nuevo a nuestro entender, en los textos que
lo conforman podemos encontrar herramientas muy valiosas para una
crítica profunda y honesta que, como recogen en su Introducción,
trata de:
(…) analizar la crisis de los movimientos
sociales como principal forma de organización de la protesta de las
últimas décadas. Muchos colectivos autoorganizados, de todo tipo,
reclaman todavía su pertenencia a los “movimientos sociales”.
Pero ¿sigue siendo esta forma política una forma útil para
entender y organizar el conflicto?
Como nos cuentan en
la propia web:
Pronto liberaremos los contenidos del
Cuadernos de Estrategia nº 4. Si quieres leerlos ahora, recibirlos
en papel y apoyar este proyecto, suscríbete
aquí por poco más de 4 euros al mes o
incluso menos si eres precaria. Este es un medio militante, ¡gracias
por hacerlo posible!
Pero, como nos
habían hablado muy bien de ella, y nos parecía oportuno apoyar la
iniciativa con la compra del ejemplar, lo hemos hecho. Y aunque
esperar a que liberen el número entero es una opción a valorar,
nuestra recomendación es comprarlo en papel, pues se trata de ese
tipo de trabajo que conviene subrayar y tener a mano para consulta.
Esa al menos ha sido nuestra experiencia.
Por ello, no vamos a
resumir aquí unos textos que perderían con nuestro resumen, así
que nos limitaremos a recoger algunas ideas de cada uno de sus 7
capítulos (excluida la Introducción), para que puedan servir de
orientación de lo que vais a encontrar y, como de costumbre, de cebo
para que emprendáis su lectura. Vamos a ello
El primer capítulo
se titula El declive de los movimientos sociales,
escrito por Francisco Gaitán Pérez, que en la web resumen así:
El autor
expone las razones del declive de los movimientos a partir de la
sectorización, el predominio del paradigma comunicativo, las
identidades «mal entendidas» y la institucionalización, y termina
preguntándose si los movimientos sociales en los que hemos crecido
tienen en realidad una tradición que les permita afrontar los viejos
problemas del poder, la estrategia y la organización.
Nosotrxs, entre sus muchas. ideas rescatamos estos párrafos que
advierten de una cierta institucionalización tardía de los
movimientos sociales:
Los movimientos, en su relación con el
Estado, se ven enredados en una política que tiende a producir sus
propias formas de integración mediante la ampliación de derechos o
la producción de políticas positivas. Wendy Brown señala que al
establecer el derecho como horizonte político en nuestras sociedades
neoliberales “es más probable que los derechos se conviertan en
espacios de producción y regulación de la identidad como agravio
que en vehículos para la emancipación”. Aunque Brown reconoce la
importancia y la urgencia de las luchas por la adquisición y el
reconocimiento de derechos, estos no producen una transformación
estructural sino que más bien desplazan el conflicto al terreno de
la reparación administrativa de un agravio que termina funcionando
como mecanismo de sujeción, normalización e integración de la
diferencia.
Es más, los movimientos quedan anclados a
la producción de ley, al ámbito de lo legislativo. Atrapados en la
función de lobby o grupo de presión como principal forma de
organización, la acción política de los movimientos pasa a estar
dedicada fundamentalmente a “asesorar, vigilar y controlar el
desarrollo de las normas ya existentes: leyes, ejecuciones
presupuestarias, transposición de normativa europea o internacional,
legislación internacional sobre derechos humanos”. Asimismo, la
forma lobby consume los principales recursos humanos, organizativos y
simbólicos de una organización. Su territorio privilegiado de
acción es el informe, el marketing político, la comunicación, la
selección de perfiles o casos representativos, donde se priorizan
perfiles de alta formación y capital cultural (como puede verse en
las portavocías de algunos movimientos en la actualidad).
(…)
Quizás podamos preguntarnos entonces si esto supone una suerte de
institucionalización tardía de los movimientos sociales,
consistente en una aceptación al menos por una parte de los mismos
de cumplir un papel dentro de las fuerzas de la izquierda, que podría
resumirse en “presionar desde fuera para sancionar conquistas en
formas de leyes y derechos provistos por los gobiernos de izquierda”.
O si, por otro lado, en tanto que movimientos, es posible ir más
allá del paradigma liberal y la paradoja de los derechos humanos
cuya lógica tiende a reducir la transformación social a la
reparación institucional de daños mediante derechos y leyes. En
definitiva, podemos entender esta institucionalización de los
movimientos sociales como una operación política por parte del
capitalismo, una forma de gobernar todo aquello que sucede en los
márgenes de la política institucional. En el contexto actual, estos
movimientos cumplen para el neoliberalismo un papel análogo al que
desempeñaron los sindicatos y partidos para el fordismo: constituyen
una forma de integración y neutralización de lo que
eufemísticamente se denomina la “cuestión social”, es decir,
los conflictos y la lucha de clases que se producen en nuestras
actuales sociedades de clases medias. Nos encontramos ante una
sociedad civil en la que los movimientos sociales junto con otros
agentes del tercer sector como ONG e iniciativas ciudadanas,
funcionan como sujetos e interlocutores válidos encargados de mediar
en todos aquellos conflictos o luchas que se producen en los márgenes
del Estado.
Ya solo con
analizar, debatir y profundizar estas reflexiones del primer capítulo
tendríamos para varios días, pero no es más que el principio.