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Ellos y Nosotros
Cuando
el trabajo vivo ya no basta para absorber capital ni para legitimar
el orden social, la guerra emerge como dispositivo central:
reorganiza territorios, administra poblaciones superfluas y reabre,
mediante la violencia, nuevas fronteras de acumulación.
Lejos
de ser un desvío, la generalización de la guerra, el genocidio y la
militarización de la vida cotidiana es el síntoma de un capitalismo
que, habiendo vaciado la centralidad del trabajo, sólo puede
prolongarse como gestión armada de sus propios límites.
Este
giro geopolítico y económico se articula con una política efectiva
de exaltación del pasado, que Cara Daggett (2018) conceptualiza como
“petromasculinidad”: la añoranza por un pasado mítico de
prosperidad cimentado en la abundancia de recursos energéticos y en
un Estado de bienestar ya irrecuperable, combinada con un discurso
inmunológico que identifica y busca eliminar a un “otro”
responsable de la desestabilización de ese orden: lo woke, los
movimientos por los derechos civiles, las personas migrantes, las
luchas feministas y LGTBIQ+. Desde esta formulación, han cobrado
fuerza movimientos de derecha y conservadurismo liderados por la
facción más nihilista y abiertamente apocalíptica, representada
por el círculo de J.D. Vance, Peter Thiel y otros magnates
tecnológicos que celebran el derrumbe del orden existente y se
preparan para él mediante bunkers, freedom cities, feudos
corporativos y fantasías de escape planetario (Klein & Taylor,
2025).
(Párrafos de Régimen
de guerra global y la transición verde-oliva;
de Carlos Tornel; En Energía y Equidad n.º 9, febrero 2026)
Durante los días
del 20 al 24 del pasado mes de julio el zapatismo convocó en Chiapas
el Semillero “Guerra contra la Humanidad” (Las poblaciones y la naturaleza
bajo asedio) cuyas
intervenciones se pueden ver
en video en Enlace Zapatisa, y leer
en texto en Radio Zapatista. En Iraultzak lagunduz lo hemos hecho
y lo primero que nos ha llamado la atención son dos novedades a
reseñar: primera, el “rejuvenecimiento” en la edad de buena
parte de las personas que han intervenido (algo que desde la
organización reconocen que ha sido buscado, para dar voz a nuevas
generaciones, aunque nadie parece estar por debajo de los 40) y,
segundo, la solicitud a las personas ponentes para que en los textos
que leen intenten tanto evitar las citas (queremos saber lo que
piensan ustedes -les han dicho- no las teorías de siempre) y así de
paso, hacer más accesibles esos textos a todo la gente (vamos, que
se dejen de academicismos y hablen clarito). No sabemos si lo han
conseguido, pero al menos lo han intentado.
De
entre las intervenciones de las “personas jóvenes” hay un par de
ellas que nos han llamado bastante la atención, por sus análisis y
su claridad expositiva, a pesar de tratar temas densos. Nos han sido
un descubrimiento, porque nuestra ignorancia sobre el pensamiento
crítico mexicano hace que no conociéramos a ninguna de las dos. Hoy
vamos a acercaros uno de esos textos, del que hemos tomado el título
de esta entrada, Capitalismo,
guerra total y la rebelión de lo vivo,
de Carlos Tornel. A Carlos Tornel, como acabamos de admitir, no lo
conocíamos hasta ahora (y eso que ha debido estar en algún otro
encuentro zapatista anterior), así que hemos estado buscando algunas
referencias y, más allá de su currículum académico, lo que hemos
encontrado nos habla de alguien que ha
centrado su trabajo
en la politización de la crisis climática y
la descolonización de la
justicia energética, así
como que es miembro del
Tejido Global de Alternativas y el Pacto Ecosocial e Intercultural
del Sur. Alguien que
conocemos de por allá, y de quien nos fiamos, nos ha dicho que es un
buen tipo, lo cual es muy buena referencia.
Entrando ya en su
intervención en el Seminario zapatista (lo mejor, leerla, verla o
escucharla entera), él mismo nos resume inicialmente lo que nos
vamos a encontrar:
Organicé esta intervención alrededor de
cuatro ideas principales.
Primero, trataré de retomar la idea de la
Cuarta Guerra Mundial para pensar algunas de las formas en que
continúa operando y las transformaciones que ha experimentado hasta
este momento.
Después, me gustaría hablar de la guerra
contra la naturaleza, tratando de entender cómo la crisis ecológica
se ha convertido en una nueva justificación, pero también en una
forma de guerra en sí misma.
En un tercer momento, intentaré explicar lo
que llamo la maldición del ambientalismo: la manera en que la
preocupación por la destrucción ecológica puede terminar
convertida en administración, control y nuevas formas de despojo.
Finalmente, quisiera cerrar hablando de la
rebelión de lo vivo: de las resistencias, rebeldías y formas de
vida que no solamente se defienden frente a la guerra, sino que
producen otros mundos en medio de ella.
Aunque
no vamos a hacer un resumen al uso del texto, sí vamos a seguir la
estructura que nos acaba de presentar para recoger algunas de las
ideas, análisis o propuestas que nos han parecido más sugerentes de
cada uno de los apartados.
Empezando
con la Parte 1. La guerra como forma de capitalismo,
por ejemplo, este análisis inicial:
Como escribió Marx, el capital nació
chorreando sangre y lodo por todos los poros. Ahora habría que
agregarle la mierda. Su formación fue inseparable de una guerra
contra la subsistencia. Para producir trabajadores asalariados fue
necesario destruir la posibilidad de vivir con autonomía: cercar
tierras, expulsar comunidades, apropiarse de los bienes comunes,
imponer el trabajo forzado y producir dependencia. El mercado nunca
surgió espontáneamente; tuvo que imponerse mediante leyes,
ejércitos y violencia organizada por el Estado.
Esta guerra no pertenece únicamente al
origen del capitalismo; es uno de sus mecanismos permanentes. Cada
nueva fase de acumulación exige abrir territorios, romper vínculos
comunitarios y transformar en mercancía aquello que formaba parte de
una trama de relaciones con la tierra y con el mundo vivo.
La Cuarta Guerra Mundial nombra, entonces,
la ampliación de esta ofensiva contra las capacidades colectivas de
producir y reproducir la vida sin depender por completo del Estado,
el mercado, los expertos, las tecnologías o las corporaciones. Sus
objetivos son las tierras comunes, los saberes, las memorias y todas
aquellas relaciones que no se dejan reducir al valor de cambio.
Lo que ha cambiado es la profundidad y la
intensidad de su alcance. Conforme el capitalismo encuentra mayores
dificultades para expandirse —por el agotamiento de recursos, las
resistencias territoriales, la crisis climática y la destrucción
ecológica— no retrocede, sino que acelera la devastación de las
condiciones que sostienen la vida.
(…) El capitalismo recurre a la guerra de
forma cada vez más constante. La política económica, social,
ecológica y de seguridad participa de una misma racionalidad:
administra la crisis, apropia territorios, disciplina poblaciones
enteras, asegura recursos y neutraliza resistencias.
Los mecanismos que alguna vez permitieron
negociar o contener el poder del capital han sido debilitados o
incluso incorporados a dispositivos de control: desde los sindicatos
y los partidos hasta mecanismos democráticos como las consultas.
El conflicto deja así de discutirse
políticamente y se transforma en un problema técnico que debe
administrarse, contenerse o simplemente eliminarse.
A lo que
posteriormente añade un análisis de las actuales guerras que se
echa en falta por estos lares, tanto desde posturas revolucionarias
como desde el propio antimilitarismo (del que somos parte):