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(…) De este modo, en el marco de este balance, extraemos una serie de aprendizajes: uno de ellos, gira en torno a la necesidad de reconocer lo naturalizado de las “viejas” prácticas políticas en nuestras formas de relación en los procesos colectivos, por más que se desee o diga lo contrario. En ese sentido, resulta importante hacer visibles estas dinámicas, de manera abierta y colectiva para transitar a ese otro mundo que queremos. Y de modo particular, alentar cambios en términos tridimensionales: a nivel interno e individual, colectivo y externo.
Otro aprendizaje, aunado a lo anterior, es que la falta de reconocimiento de estos aspectos está relacionada con una indisposición a llevar a cabo revisiones críticas de nosotrxs mismxs. Pero, también a la falta de mecanismos para reconocer abiertamente las diferencias y desigualdades de clase, de capital cultural, de género, de raza, entre muchas otras.
Ciertamente, la horizontalidad encubrió las jerarquías y desigualdades del hacer colectivo. Solo algunas de ellas se pudieron problematizar, pero no se pudo ir más allá y avanzar en la elaboración de una lectura crítica más amplia de las relaciones de poder, necesaria en JRA y otros espacios autónomos. En particular, se hace necesario asumir el peso de los liderazgos en la toma de decisiones y cómo esto genera inequidades políticas, aun cuando se ponen en juego métodos para tomar decisiones por consenso.
En este sentido, cobra importancia pensar qué tanto el consenso garantiza en sí mismo una decisión democrática.
(Del texto de Mina Lorena Navarro y Carlos Federico Piñeiro El mundo que teníamos y el mundo que queríamos. Claves para pensar la experiencia de Jóvenes en Resistencia Alternativa (JRA) y su apuesta de horizontalidad y autonomía urbana)
Quienes hayáis seguido con alguna frecuencia las entradas de este Iraultzak Lagunduz, habréis podido comprobar que (siempre desde la perspectiva de cómo acompañar o ayudar a esas irualtzak) dos de las cuestiones que más preocupan o interesan a la persona que escribe los textos que se cuelgan son, por un lado, la trasmisión intergeneracional y, por otro, la revisión crítica de las principales herramientas que tiene el movimiento popular, para no dejar que se oxiden o desajusten por el paso del tiempo, o porque aparezcan nuevas herramientas que recomienden sustituir a las anteriores.
Teniendo lo anterior en cuenta, podéis imaginaros la felicidad que nos supuso encontrar un texto como el reseñado en la entradilla, El mundo que teníamos y el mundo que queríamos. Claves para pensar la experiencia de Jóvenes en Resistencia Alternativa (JRA) y su apuesta de horizontalidad y autonomía urbana, que aborda estas dos cuestiones. Y, además, una de las personas que lo escribe, Mina Lorena Navarro, es una de las encantadoras locas entramadas de Horizontes Comunitarios (Lucía Linsalata y Raquel Gutiérrez) de las que tanto aprendemos (a finales del año pasado han publicado un nuevo libro, Apostar por lo Común en un mundo dañado) y a las que venimos siguiendo y difundiendo sus textos desde los tiempos de nuestro anterior blog kutxikotxokotxikitxutik.
Hoy no vamos a centrarnos en el magnífico ejemplo de trasmisión generacional que supone el texto de Mina Lorena y Carlos Federico (aunque lo recomendamos vivamente, tanto para conocer la más que interesante historia de Jóvenes en Resistencia Alternativa JRA, como para ver que la trasmisión generacional se puede llevar a cabo en un texto no demasiado amplio), pero sí vamos a detenernos en la otra temática que aborda, la de la revisión crítica de la horizontalidad, hecha, además, desde el testimonio propio y concreto de Mina Lorena y Carlos Federico en la JRA. Añadiremos también otras reflexiones sobre la horizontalidad de otros textos de Mina Lorena.
Como ello va a suponer ya una entrada extensa, vamos a dejar para una segunda parte una serie de referencias a otro texto recientemente republicado (y que no conocíamos con anterioridad) por un grupo de mujeres antimilitaristas, Mujeres de Negro, quienes, desde su experiencia concreta, han reflexionado y plasmado en el texto La horizontalidad como una de las señas de identidad de Mujeres de Negro contra la guerra, desde su apuesta evidente por la horizontalidad, muchas de las cuestiones problemáticas que plantea
Finalmente, y en esa misma segunda parte, procurando dar un paso más, vamos a intentar acompañar esas revisiones crítica desde la aportación de nuestra propia experiencia (eso es parte de la trasmisión generacional que pretendemos impulsar), la de alguien, en este caso quien esto escribe, que en su actividad militante en variados colectivos de los que apostaban o apuestan por la horizontalidad, reconoce abiertamente haber contado con no pocos de esos llamados privilegios que cuestionan las voces críticas con la horizontalidad. Aunque mi lectura de las causas y razones no coincida del todo con esas voces críticas. A ver si conseguimos hacer un texto que pueda ayudar a futuras reflexiones intergeneracionales sobre la horizontalidad.
La Horizontalidad siempre a debate (afortunadamente)
La horizontalidad, como método de organización de los movimientos populares asamblearios, al menos en nuestro contexto geográfico político, Euskal Herria, ha sido una de sus características más representativas desde hace al menos 4 décadas. Pero fuera de ese marco inmediato, no pocas de las revueltas populares que se dieron en torno a la toma de plazas en diferentes partes del mundo, también hacían de la horizontalidad una de sus señas de identidad. En ocasiones hasta el extremo de convertir la horizontalidad en un fin en sí mismo, cayendo en una especie de postulado al que podríamos denominar Horizontalismo. Ese horizontalismo ha sido abiertamente criticado desde fuentes anarquistas, tal y como recoge este párrafo del texto de Mark Bray titulado Horizontalismo: Anarquismo, Poder y Estado:
(…) es evidente que aunque el anarquismo es inherentemente horizontal, el horizontalismo histórico de los últimos años es una entidad fluida que ocasionalmente promueve valores e ideas que están en desacuerdo con el anarquismo como resultado de su ideología minimalista y «anti-ideológica». Aunque algunos anarquistas y otros han caracterizado al anarquismo como «anti-ideológico» también, la historia del movimiento muestra que la mayoría de sus militantes y teóricos lo han visto como una doctrina sólida, aunque flexible, anclada en un conjunto de principios anti-autoritarios. Esto contrasta fuertemente con la tendencia posmoderna predominante de los defensores del horizontalismo, que lo ven como un conjunto maleable de prácticas desconectadas de cualquier centro político específico. Este enfoque «anti-ideológico» en la forma sobre el contenido, es decir, su énfasis en cómo se toman las decisiones sobre lo que se decide, ha creado tensiones significativas en el contexto del horizontalismo popular más o menos espontáneo para los anarquistas que apoyan la organización de masas y esperan las aperturas políticas proporcionadas por tales movimientos. Dado que el horizontalismo intenta divorciarse de la ideología, sus estructuras y prácticas son susceptibles de resignificarse en direcciones decididamente no horizontales, como la participación en el gobierno representativo.
Ese mismo debate se recogía ya hace algunos años en Argentina, donde no pocos de los movimientos populares surgidos con la revueltas populares, piquetes, caceroladas, tomas de empresas y demás iniciativa surgida al calor del ¡Que se vayan todos!, habían encontrado en la horizontalidad la manera más adecuada para organizarse. Veamos por ejemplo lo que se planteaba en el conocido programa de radio Después de la deriva al analizar la cuestión ¿Horizontalidad u horizontalismo?:





