Desde hace ya un tiempo venimos asistiendo a una serie de dinámicas en las relaciones entre los movimientos populares, sociales y sindicales de Euskal Herria que nos preocupan profundamente, pues creemos que ponen en riesgo su ya de por si afectada salud. Las hemos comentado con diversas personas que o bien toman parte en alguno de los espacios o lugares de encuentro de estos movimientos, o bien simplemente comparten iniciativas conjuntas puntuales, y en la mayoría de los casos nos han dado la razón, pero comentando algo así como que este tipo de dinámicas y relaciones viciadas “responde a los nuevos tiempos”, a la vez que parecía restársele importancia al hecho.
Desde nuestro punto de vista, por el contrario, el problema es de tal gravedad que, de terminar aceptándose sin cuestionarse, con toda probabilidad causará estragos en algunas de las principales señas de identidad de los movimientos populares y sociales, condenándoles más temprano que tarde a su desaparición, o a convertirse en meras figuras decorativas o despojos apenas reconocibles de unos movimientos muy vitales que han protagonizado (y en no pocas ocasiones imaginado e impulsado) gran parte de las transformaciones sociales en Euskal Herria de los últimos cuarenta años. Aclaremos también que no nos parece que sea una cuestión generacional. Algunas de las situaciones que vamos a comentar se han dado sí, en convocatorias de los movimientos juveniles más activos hoy en día, pero la mayoría de las que hemos vivido han sido protagonizadas por esa franja de edad (bastante alejada de la juventud) que en la actualidad predomina en buena parte de los movimientos populares y sociales que sobreviven.
Todo ello nos ha convencido de la necesidad de elevar a público esas cuestiones con intención de que se pueda debatir sobre ello. Como la crítica (y autocrítica, pues nos reconocemos parte de esos movimientos) pretendemos llevarla a cabo haciendo el menor daño posible, no vamos a señalar directamente con el dedo a nadie, pero sí vamos a comentar situaciones concretas que hemos vivido, que son las que reflejan lo que pretendemos señalar, y que pueden ser reconocibles por quienes tomaron parte en ellas. Ojalá que lo que vamos a describir sirva a modo de escáner médico, facilite el diagnóstico, y nos ponga en camino del tratamiento adecuado para acabar con esos males tan perniciosos para nuestra salud colectiva.
Por supuesto que lo que escribimos no son certezas, sino nuestro limitado análisis, vertido sin otra intención que la de animar procesos de un movimiento popular vasco del que nos sentimos parte integrante y a quien le deseamos toda la lucidez posible a la hora de abordar los debates que nos parece que tiene pendientes. Un movimiento popular cuyas características más generales se pueden definir con estas palabras que en su día utilizaba el blog Borroka Garaia da!:
El movimiento popular vasco es la respuesta que principalmente la clase trabajadora y la juventud vasca han dado a un entramado político, económico y social impuesto que no pone en manos del pueblo ni la gestión de sus recursos ni la dirección de sus vidas. Significa la organización del pueblo desde la base y de una forma verdaderamente democrática y horizontal, generalmente asamblearia, autogestionada y de acción directa entendida en su más amplia concepción.
Unidades de Acción… ¿o de imposición?
En los últimos meses, sea por la gravedad de algunas cuestiones, sea por los numerosos aniversarios históricos “redondos” que se están sucediendo, han sido habituales las convocatorias a lo que antes se denominaba “Unidad de Acción”: colectivos populares y sociales que se organizan para una actividad concreta que por su gravedad o importancia requiere de una respuesta contundente o colectiva y plural, y por eso se llama a la unidad de acción. Hasta ahora, habitualmente, esa unidad de acción partía de algún/os colectivo/s concreto/s, y tras su convocatoria, los pormenores, detalles, nuevas convocatorias y textos se debatían y aprobaban entre quienes decidían toman parte en la unidad de acción. Salvo en temáticas especialmente delicadas, lo habitual era que ante una convocatoria de unidad de acción, los colectivos, grupos y movimientos que menos tuvieran trabajada la temática de la cuestión para la que se convocaba a la unidad de acción, cedieran buena parte del protagonismo en la elaboración de contenidos a los grupos que más la solían trabajar, que, frecuentemente, eran quienes además habían hecho la convocatoria de la unidad de acción. Pero esta -vamos a llamarlo así- “delegación en la elaboración de contenidos” era algo que decidían o asumían por iniciativa propia los grupos convocados (no los convocantes), nunca un prerrequisito que impusieran los grupos convocantes.
Pues bien, en los últimos tiempos la filosofía de la Unidad de Acción parece haber cambiado drásticamente. O eso es lo que nos ha tocado vivir. Hemos podido comprobar cómo se nos llamaba a hasta tres unidades de acción en los últimos meses en las que, antes de asistir a la primera reunión para su organización, el grupo convocante (e incluso en algún caso un primer petit comité de grupos) ya se había reunido para decidir, tipo y fecha de movilización, así como contenidos y manifiesto de la misma. Incluso en uno de los casos vinieron a convocarnos a nuestro propio local, nos explicaron los pormenores de la propuesta y se acordó otra fecha para reunirnos y dar nuestra respuesta, pero antes de esa segunda fecha, la convocatoria de la actividad ya se había hecho pública, así como sus principales contenidos. Todavía nos estamos preguntando para qué nos convocaban. Aunque puede ser que, rizando el rizo, fuese para lo que experimentamos en otro de esos casos vividos últimamente: que se nos convocaba no para opinar, debatir y acordar, sino simplemente para comunicarnos lo que se iba a hacer e invitarnos a trabajar en la elaboración de pancartas y distribución y pegado de cartelería. A eso se le puede llamar de varias maneras, pero ciertamente no responde a un funcionamiento asambleario, y recuerda más a un viciado proceder que en cierta época utilizó el MLNV, y que tan dañino resultó para los movimientos populares y sociales. Por eso nuestra sorpresa y preocupación cuando vemos atisbos de repetición de esa dinámica, adoptada además por colectivos de distintas corrientes ideológicas.




