domingo, 10 de mayo de 2026

¡Guerra a la guerra!

 


 

 

Sin duda es el grito que debería estar en todas nuestras gargantas y protagonizando las movilizaciones contra las guerras que deberían estar okupando nuestras calles de continuo. Para animar a ello, vamos a acercar distintos testimonios de ese grito de ¡Guerra a la Guerra! en diversos momentos históricos (desde 1870 a 1924) y formatos, con la intención de que puedan servirnos de herramientas y/o brújulas. Ello será el aperitivo para el menú principal de esta entrada: acercarnos a una campaña muy actual que se está llevando a cabo en el Estado francés, protagonizada por una amplia y plural plataforma, precisamente con el nombre de Guerre à la Guerre. Para finalizar, y como postre, daremos cuenta de una iniciativa que se está gestando en los cuatro herrialdes, y en concreto en Gasteiz para la tarde del 29 de mayo (guardad la fecha), con el objetivo de impulsar la Insumisión a las Guerras.




A) Testimonios y herramientas históricas del ¡Guerra a la Guerra!


El grito de ¡Guerra a la Guerra! probablemente tenga tantos siglos de existencia como la propia guerra, pero en el ámbito cultural cercano encontramos interesantes y poco conocidas utilizaciones históricas del mismo.



¡Guerra a la Guerra! en versión teatral en 1870


Tras estallar la guerra franco-prusiana en julio de 1870, un conocido poeta de la época, de origen asturiano, Ramón Campoamor, escribió la “dolora dramática” titulada Guerra á la Guerra, que llegó a representarse en el Teatro Español de Madrid en noviembre de ese mismo 1870. Evidentemente, no es un texto antimilitarista. Aunque sí profundamente antibelicista en algún modo. Se basa en el diálogo entre dos soldados rivales, Víctor, francés, que se había quedado cojo por la guerra, y un soldado prusiano, Enrique, que había perdido las manos en la gierra franco-prusiana. Hemos encontrado alguna estrofa interesante:

¿Cómo ha podido sacar

de entre sábios alemanes

todo un millón de jayanes

el gran canciller Bismark?

Todo con gente lo allana

y Molke1 usa en su ambición,

la táctica del cañón:

fuego contra carne humana.

Ya no hay ciencia militar;

quien consigue la victoria

no es el génio de la gloria,

es la industria de matar

(…)

De tí y de mí ¿qué memoria

quedará, cuando algún día

sea esta carnicería

una hermosura en la historia?

(…)

Limosna a estos dos amigos

pedir nos verá la tierra,

y maldecirá la guerra

que de héroes hace mendigos.

Con voz, por el llanto ahogada,

probaremos á la historia

que es una infamia la gloria,

y más, la más celebrada


Llamativamente, para la imagen que suelen trasladarnos de la época, encontramos también versos que nos hablan de una cierta atracción entre ambos soldados. Por ejemplo, en esta escena en la que Víctor le está curando las heridas a Enrique.

Víctor:

Te encuentro de juicio lleno.

Bien. Ya está seguro el trapo.

Enrique:

(Aparte) Este francés es muy guapo

Víctor:

(Aparte) Este prusiano es muy bueno

Enrique:

Dame un abrazo (Víctor le abraza)

Víctor:

Llegaste,

y ves que servido fuiste

Enrique:

Ama lo que aborreciste

Víctor:

Tu aborrece lo que amaste

Enrique:

(Aparte) Ejerce en mi un cierto imperio

este francés vanidoso

Víctor:

(Aparte) No es del todo fastidioso

este petulante en serio



¡Guerra a la Guerra! en un relato de la primera corresponsal de guerra española en 1909


Treinta y nueve años después, en 1909, Carmen de Burgos Seguí, conocida como Colombine, la que es considerada como la primera periodista profesional española y primera corresponsal de guerra (además era escritora, traductora y activa militante por los derechos de las mujeres), escribió un artículo titulado ¡Guerra a la Guerra! (recopilado luego en Al balcón, 1913), en el que, además de ensalzar la objeción de conciencia, recogía párrafos como estos:

No existe ninguna barbarie comparable á la que suscita la guerra, y sin embargo, se le concede tanto poder á los que la sostienen, que la prensa enmudece, los ciudadanos callan, y todos la secundan, escudados en la frase absurda de que es un mal necesario. ¡Necesaria la guerra! ¡Necesaria la destrucción!

(…) Entendamos bien todo esto, para no caer en la anomalía de que el partido socialista pida el servicio militar obligatorio; lo que hay que pedir es la supresión de los ejércitos, el desarme, las conclusiones de la conferencia de La Haya, que acaben de una vez para siempre las odiosas guerras. Las del siglo pasado costaron la vida á catorce millones de hombres. ¿Comprendéis el horror de esta cifra? Ninguna guerra vale una sola vida.

(…) Queremos imponer nuestra civilización. ¿Qué es civilización? ¿Acaso no son más civilizados los que están más cerca de la Naturaleza? Creemos progreso todas estas máquinas eléctricas, trenes, automóviles, palacios, y cuanto al inventarse nos esclaviza con nuevas cadenas y crea mayores necesidades. Todos los trabajos rudísimos, la división de pobres y ricos, nace de esto, y se dice que del lujo viven los menesterosos. Cierto. Pero si no se hubieran inventado vivirían mejor. La libertad, la igualdad están en Ja vida primitiva.

Para defender este orden de cosas ridículas se sostiene el ejército y se habla de obligar á todos al servicio militar. Oigamos sobre esto, para terminar, á Tolstoi; «No hay nada más vergonzoso que ese servicio militar obligatorio que alista á todos los hombres contra su voluntad, á la edad de la ternura, para trabajo de criminales... En los bárbaros tiempos de Gengis khan no mataban más que los que tenían afición á la carnicería. Las gentes gozaban del derecho de quedarse en su casa, de cultivar sua tierras, de soñar, de hacer el bien. El mundo civilizado pone el fusil en la mano del hombre, le da orden de matar, y si el hombre arroja el arma y rehusa ser homicida, se le trata como delincuente... Todo hombre debe, ante todo, y cueste lo que cueste, negarse á tal servidumbre.» No se alegue que pelea para mantener el orden ó coutra otras razas. Todo el pueblo obrero, desdichado, oprimido, y todas las naciones de la tierra, forman, con sus mismos verdugos y tiranos, un conjunto único: el hombre. En toda guerra, sea cual fuere, padece siempre la humanidad.

Y estos hombres que se niegan á matar, que prefieren morir con las manos puras, en paz con su conciencia, son los Drojin y los Olkhovik de Rusia, los Nazarens de Austria, los Groutandiers de Francia, los Terrey de Holanda y los valientes Doukhobors de América y de Rusia2. ¡Gente admirable que se negó coa entereza á ser cómplice del crimen legal!

Debemos aumentar su partido, inculcar sus doctrinas á nuestros hijos, predicar el amor entre todos los pueblos... y si las doctrinas de paz se imponen por medio de la fuerza aún, luchemos denodadamente para lograr el fin de las luchas. ¡Guerra á la guerra!