domingo, 29 de marzo de 2026

Graves síntomas en los movimientos populares, sociales y sindicales de Euskal Herria

 


Desde hace ya un tiempo venimos asistiendo a una serie de dinámicas en las relaciones entre los movimientos populares, sociales y sindicales de Euskal Herria que nos preocupan profundamente, pues creemos que ponen en riesgo su ya de por si afectada salud. Las hemos comentado con diversas personas que o bien toman parte en alguno de los espacios o lugares de encuentro de estos movimientos, o bien simplemente comparten iniciativas conjuntas puntuales, y en la mayoría de los casos nos han dado la razón, pero comentando algo así como que este tipo de dinámicas y relaciones viciadas “responde a los nuevos tiempos”, a la vez que parecía restársele importancia al hecho.


Desde nuestro punto de vista, por el contrario, el problema es de tal gravedad que, de terminar aceptándose sin cuestionarse, con toda probabilidad causará estragos en algunas de las principales señas de identidad de los movimientos populares y sociales, condenándoles más temprano que tarde a su desaparición, o a convertirse en meras figuras decorativas o despojos apenas reconocibles de unos movimientos muy vitales que han protagonizado (y en no pocas ocasiones imaginado e impulsado) gran parte de las transformaciones sociales en Euskal Herria de los últimos cuarenta años. Aclaremos también que no nos parece que sea una cuestión generacional. Algunas de las situaciones que vamos a comentar se han dado sí, en convocatorias de los movimientos juveniles más activos hoy en día, pero la mayoría de las que hemos vivido han sido protagonizadas por esa franja de edad (bastante alejada de la juventud) que en la actualidad predomina en buena parte de los movimientos populares y sociales que sobreviven.


Todo ello nos ha convencido de la necesidad de elevar a público esas cuestiones con intención de que se pueda debatir sobre ello. Como la crítica (y autocrítica, pues nos reconocemos parte de esos movimientos) pretendemos llevarla a cabo haciendo el menor daño posible, no vamos a señalar directamente con el dedo a nadie, pero sí vamos a comentar situaciones concretas que hemos vivido, que son las que reflejan lo que pretendemos señalar, y que pueden ser reconocibles por quienes tomaron parte en ellas. Ojalá que lo que vamos a describir sirva a modo de escáner médico, facilite el diagnóstico, y nos ponga en camino del tratamiento adecuado para acabar con esos males tan perniciosos para nuestra salud colectiva.


Por supuesto que lo que escribimos no son certezas, sino nuestro limitado análisis, vertido sin otra intención que la de animar procesos de un movimiento popular vasco del que nos sentimos parte integrante y a quien le deseamos toda la lucidez posible a la hora de abordar los debates que nos parece que tiene pendientes. Un movimiento popular cuyas características más generales se pueden definir con estas palabras que en su día utilizaba el blog Borroka Garaia da!:


El movimiento popular vasco es la respuesta que principalmente la clase trabajadora y la juventud vasca han dado a un entramado político, económico y social impuesto que no pone en manos del pueblo ni la gestión de sus recursos ni la dirección de sus vidas. Significa la organización del pueblo desde la base y de una forma verdaderamente democrática y horizontal, generalmente asamblearia, autogestionada y de acción directa entendida en su más amplia concepción.




Unidades de Acción… ¿o de imposición?


En los últimos meses, sea por la gravedad de algunas cuestiones, sea por los numerosos aniversarios históricos “redondos” que se están sucediendo, han sido habituales las convocatorias a lo que antes se denominaba “Unidad de Acción”: colectivos populares y sociales que se organizan para una actividad concreta que por su gravedad o importancia requiere de una respuesta contundente o colectiva y plural, y por eso se llama a la unidad de acción. Hasta ahora, habitualmente, esa unidad de acción partía de algún/os colectivo/s concreto/s, y tras su convocatoria, los pormenores, detalles, nuevas convocatorias y textos se debatían y aprobaban entre quienes decidían toman parte en la unidad de acción. Salvo en temáticas especialmente delicadas, lo habitual era que ante una convocatoria de unidad de acción, los colectivos, grupos y movimientos que menos tuvieran trabajada la temática de la cuestión para la que se convocaba a la unidad de acción, cedieran buena parte del protagonismo en la elaboración de contenidos a los grupos que más la solían trabajar, que, frecuentemente, eran quienes además habían hecho la convocatoria de la unidad de acción. Pero esta -vamos a llamarlo así- “delegación en la elaboración de contenidos” era algo que decidían o asumían por iniciativa propia los grupos convocados (no los convocantes), nunca un prerrequisito que impusieran los grupos convocantes.


Pues bien, en los últimos tiempos la filosofía de la Unidad de Acción parece haber cambiado drásticamente. O eso es lo que nos ha tocado vivir. Hemos podido comprobar cómo se nos llamaba a hasta tres unidades de acción en los últimos meses en las que, antes de asistir a la primera reunión para su organización, el grupo convocante (e incluso en algún caso un primer petit comité de grupos) ya se había reunido para decidir, tipo y fecha de movilización, así como contenidos y manifiesto de la misma. Incluso en uno de los casos vinieron a convocarnos a nuestro propio local, nos explicaron los pormenores de la propuesta y se acordó otra fecha para reunirnos y dar nuestra respuesta, pero antes de esa segunda fecha, la convocatoria de la actividad ya se había hecho pública, así como sus principales contenidos. Todavía nos estamos preguntando para qué nos convocaban. Aunque puede ser que, rizando el rizo, fuese para lo que experimentamos en otro de esos casos vividos últimamente: que se nos convocaba no para opinar, debatir y acordar, sino simplemente para comunicarnos lo que se iba a hacer e invitarnos a trabajar en la elaboración de pancartas y distribución y pegado de cartelería. A eso se le puede llamar de varias maneras, pero ciertamente no responde a un funcionamiento asambleario, y recuerda más a un viciado proceder que en cierta época utilizó el MLNV, y que tan dañino resultó para los movimientos populares y sociales. Por eso nuestra sorpresa y preocupación cuando vemos atisbos de repetición de esa dinámica, adoptada además por colectivos de distintas corrientes ideológicas.




Moderadorxs ¿o comisarixs políticxs?


Otra de las preocupantes cuestiones a las que nos referimos tiene que ver con la organización de mesas redondas en las que, sorprendentemente, la persona o personas que presentan y moderan se convierten en una especie de comisarixs políticxs con la facultad de, al final de la intervención de cada una de las personas ponentes, resumirnos al resto lo que es importante de lo que ha dicho, e incluso lo que ha querido decir pero no ha dicho. Hemos visto hacerlo en una mesa redonda abierta al público en la que la mayoría de las personas intervinientes (aunque no todas) pertenecían a la misma organización, por lo que podía pasar por una demostración palpable de que ese comisariado político es una figura aceptada o impulsada por esa organización. Pero es que, algo muy parecido se lo hemos visto hacer a un movimiento popular que había convocado como ponentes a todas las organizaciones sindicales y en la que, además, las intervenciones de las personas de la organización (una larga introducción leída en la presentación, y un resumen de lo expuesto por cada sindicato para concluir) ocuparon más tiempo casi que el de las cinco personas ponentes juntas. En ambos casos ninguna de las personas ponentes protestó, aunque era constatable a simple vista el mosqueo de varias de las que representaban a organizaciones sindicales.


Sin abandonar el contexto de las mesas redondas públicas, hemos de decir que también observamos cómo cada vez es más frecuente no dejar un tiempo razonable para que la gente que asiste como público pueda aportar opiniones o pareceres, debatir o hacer preguntas. Cuando eso precisamente es el mayor tesoro que puede aportar a los movimientos populares y sociales la organización de un evento como una mesa redonda, que si no se transforma en mera impartición de doctrina.




Militancia al ritmo de las liberaciones… de las personas liberadas


Los tiempos y las coyunturas están marcando la necesidad de agrupar las pocas fuerzas existentes en los movimientos en actividades colectivas, lo que requiere la realización de reuniones conjuntas. Aunque cada vez se va imponiendo más el modelo de reunión telemática (a nuestro entender otro error, pues las reuniones presenciales permiten interacciones imprescindibles para la cohesión sana, y aportan humanidad a un tipo de militancia ya de por si bastante deshumanizada), ello no evita que incluso las reuniones telemáticas tengan que adaptarse no al ritmo de las tareas de cuidados que desarrollen las personas que militan en los movimientos, sino al ritmo del horario de trabajo de las personas liberadas por sus organizaciones. Nos referimos, claro, en la mayoría de los casos, a organizaciones sindicales, si bien es justo reconocer que hay personas liberadas sindicales quienes por encima de ello son militantes populares, y como tal funcionan incluso cuando representan a su sindicato.


A nuestro entender, tendría que ser justo al revés, esto es, que quienes no cuentan con personas liberadas, ni con organizaciones que puedan hacer frente a desplazamientos, sean quienes, por sus limitadas posibilidades, tengan prioridad a la hora de marcar horarios, días y lugares para reuniones y debates. Lo demás significa priorizar un modelo de relaciones colectivas desequilibrado y deshumanizado, y dar a las liberaciones privilegios, cuando en realidad, en un funcionamiento asambleario, debería ser lo contrario.




El control de los espacios de debate


Es sin duda, a nuestro parecer, la más grave de las situaciones que hemos vivido, si bien es verdad que solo la hemos vivido una vez, pero no en cualquier contexto. Se dio en uno de esos encuentros amplios de debate que reunió a 40 colectivos sociales, movimientos populares y organizaciones sindicales. Nuestra lectura de lo que vimos es que, al menos ese encuentro (no solemos acudir a este tipo de encuentros pero, por lo que nos han comentado no fue muy distinto a experiencias similares entre este tipo de movimientos) es el reflejo de cómo el movimiento sindical ha trasladado algunos de sus peores vicios a los movimientos populares y sociales.


Por un lado, un cierto liderazgo sindical mal entendido que propiciaba que en un tipo de relación teóricamente asamblearia, la preparación previa del encuentro, la coordinación del mismo, y la posterior elaboración y plasmación de conclusiones recayeran de forma muy principal en las personas que representaban a las organizaciones sindicales. Es verdad (luego hablaremos de ello) que en la actualidad es muy distinta la fortaleza o debilidad del movimiento sindical o de los movimientos populares y sociales, pero precisamente quienes tienen más fortaleza tienen que hacer el esfuerzo por facilitar que ese desequilibrio de energía no conduzca a una posición de poder, y en algunos casos es lo que vimos. Por ejemplo, asistimos a una regañina de una responsable sindical a otra de las personas participantes (de un movimiento popular a quien se había invitado expresamente) porque, en su criterio, no había cumplido con lo que se le pedía. Si lo llamamos regañina es porque la actitud demostraba que no se trataba de expresar una diferencia de criterio, sino de señalar el descontento de quien siente que manda… y el resto debería acatar.


Pero, con ser muy grave, no es el desequilibrio de poder lo que más nos preocupó, sino determinadas dinámicas de funcionamiento, a nuestro juicio insanas, que, aunque habituales en ambientes donde se encuentran personas liberadas sindicales, son, o al menos han sido, bastante ajenas a los movimientos populares y sociales. Con un ejemplo se va a entender rápido lo que queremos decir. El encuentro empezó con un turno de exposición en el que a cuatro personas se les daba 5 breves minutos a cada una para que aportaran el contexto de cuatro temas “potolos” (cada uno de ellos relacionados con alguna de las graves crisis que padecemos en la actualidad), y, tras ello, se interrumpía el encuentro para disfrutar todxs durante nada más y nada menos que 40 largos minutos de un suculento bufé (bollería, embutidos, tortilla, café y bebidas) en una cafetería próxima, que pagaba la organización (la asistencia al encuentro era gratuita).


Por si alguien lo duda, sí, estamos diciendo que ese tipo de estipendios a cargo de la organización nos parecen mala dinámica, porque una cosa es que, ante economías grupales muy distintas, en las actividades colectivas quien más tenga más ponga (algo saludable y reequilibrador) y otra cosa es que desde la organización se financien gastos particulares de las personas asistentes. Claro que mucho peor nos pareció el protagonismo de tiempo que se le concedió, pues si la parada para el desayuno (cuando prácticamente no se llevaba ni una hora de reunión) se hubiera limitado a unos razonables 20 minutos, los otros 20 de podían haber aprovechado para duplicar el tiempo de las aportaciones de contexto, probablemente más interesante para los objetivos del encuentro.


Para finalizar lo relativo a las, a nuestro entender, malas dinámicas del encuentro, señalemos que, tras el desayuno nos juntamos durante algo menos de una hora en grupos pequeños para debatir sobre un número de cuestiones que hacía poco probable que se pudieran tratar todas (como así sucedió en la mayoría de los grupos). Lo tratado en los grupos se puso luego en común... y las conclusiones del encuentro las elaboraría una comisión. Es decir, se primaba la eficacia por encima del debate y la participación colectiva, algo muy alejado del procedimiento asambleario. Salimos con la sensación de que la capacidad de decisión no estaba realmente en la asamblea, sino en las comisiones previas y posteriores a ellas, lo cual es muy grave.




Algunas breves reflexiones al respecto


Hace tiempo que la salud general de los movimientos populares y sociales no es buena. Y está por llevarse a cabo un análisis en profundidad de las razones que han conducido a ello. Incluso poniendo sobre la mesa el cuestionamiento de fondo del propio modelo de movimientos populares que se han desarrollado en las últimas cuatro décadas, pues parece que en la actualidad no es útil para avanzar en la transformación. Una de las principales razones de esa pérdida de capacidad transformadora de los movimientos populares a nuestro entender estriba en el hecho de que buena parte de ellos, quizá por debilidad, quizá por inercias ajenas (y probablemente por más razones) mantienen desde hace tiempo posicionamientos “reclamantes” al sistema, y no cuestionadores del propio sistema. Simplificando mucho, podríamos decir que en cierta forma los movimientos sociales se han ONGizado, y los movimientos populares han perdido buen parte de su carácter revolucionario. Sabemos que no descubrimos nada con ello (y que el cambio es más profundo, porque tiene que ver igualmente con el cambio de ciclo político en Euskal Herria, pero también, con distintas características, en las sociedades occidentales en su conjunto) pero señalarlo de nuevo es imprescindible para entender la situación actual.


Por otro lado, es cierto que buena parte de las organizaciones de lo que viene en llamarse la mayoría sindical vasca, principalmente en sus órganos de decisión han optado por una política de confrontación y de recuperación del llamado sindicalismo de clase (lo que está lejos de trasladarse directamente a las fábricas, ni a las propuestas cotidianas sectoriales y sus convenios), que les ha llevado a asumir como propias algunas de las luchas, propuestas y contenidos que venían desarrollando los movimientos populares y sociales, principalmente en la medida que esos movimientos abandonaban su voluntad cuestionadora/transformadora del sistema para replegarse hacia una postura reclamadora o meramente defensora de los derechos conquistados.


Estos cambios habidos en unos y otros, han permitido o favorecido una cierta confluencia de intereses entre buena parte de los movimientos populares y sociales (hay otros que no están tanto en esa dinámica, principalmente el feminista, el movimiento socialista y el antidesarrollista) con el movimiento sindical. Hasta cierto punto podríamos decir que se han buscado mutuamente. La mayoría sindical vasca que quiere recuperar su carácter de sindicalismo de clase, porque para ello necesita, o le es muy útil, el aval que le supone el trabajo conjunto con los movimientos populares a quien buena parte de la población reconoce por su labor cuestionadora y transformadora durante décadas. Los movimiento populares y sociales porque, dada la extrema debilidad de su actual realidad (no sólo en el nivel militante, por abandonos y falta de relevo generacional, sino también en la incidencia social en la actualidad) buscan el paraguas protector de ese movimiento sindical de carácter confrontativo, aunque sea a costa de renunciar a su carácter revolucionario. Sin olvidar que también hay una parte del movimiento popular que siente la orfandad experimentada tras el giro de timón hacia el reformismo del antiguo MLNV, y que busca en algunas de esas organizaciones sindicales el nuevo aterpe que les proteja de la que está cayendo. Un buen ejemplo de esos dos procesos señalados es la Carta por los Derechos Sociales de Euskal Herria y sus diversas ramificaciones (por ejemplo, las actuales plataformas Gerrarik Ez)


El resultado de esas confluencias marcadas por las razones que hemos señalado es en parte el que reflejan las preocupantes situaciones que hemos señalado en este escrito. El pez grande se está comiendo al chico, pero no sólo ni principalmente por voracidad del grande, sino en gran medida por abandono acomodaticio del pez chico, quien a cambio de refugio en el que intentar aguantar el temporal, está asumiendo las reglas del aterpe que le proporciona esa protección, sin darse cuenta, o sin querer ser consciente, de que con esas dejaciones seguramente lo que está redactando es su propio acta de defunción. Creemos que todavía hay margen para corregir la peligrosa situación en la que se encuentra esa parte del movimiento popular, pero ello no pasará tanto por cortar amarras con el movimiento sindical (aunque sí, desde luego, por cuestionar las dinámicas viciadas que esa relación está creando), sino por emprender de una vez una análisis profundo de las razones que han llevado a movimientos populares y sociales a la actual situación, y tras ello abordar los cambios y transformaciones de calado que se precisen, si es que se considera que aún pueden ser una buena herramienta de actuación para cuestionar y transformar de raíz el sistema capitalista.





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