A principios de este noviembre el MS hacía pública su primera “Línea Política” titulada “Línea comunista y antifascismo” (en euskera inicialmente y posteriormente en castellano), invitando a leerlo, compartirlo y debatirlo. En este blog poco ortodoxo nos ha parecido que, una vez leído y compartido, podía ser interesante también ponerlo en diálogo con otros textos que igualmente aparecían por esas fechas, ahora entenderéis el porqué.
Pequeña introducción
Antes de nada pensamos que hay que agradecer el esfuerzo de elaboración de línea política, más en un movimiento que se nutre principalmente de gente bastante joven. Aunque también es cierto que cada vez más de quienes denominan cuadros ya comienzan a tener una cierta edad. No es mala señal, a no ser que se tenga demasiada prisa o vocación de movimiento revolucionario solo juvenil. Ninguna de ambas cosas parecer ser el caso.
Aunque, como en anteriores textos del Mugimendu Sozialista (MS), no nos es difícil encontrar puntos de encuentro en su análisis de coyuntura (y muy profundas diferencias en sus propuestas), y aun teniendo en cuenta nuestras limitaciones en esta cuestión, en esta ocasión pensamos que también hay algunas carencias fundamentales, en las que no es la primera vez que cae el MS, y que desde nuestro punto de vista invalidan en gran medida el resto del análisis.
En primer lugar, y de forma principal, a diferencia de quienes habitualmente les reprochan su hipermetropía política (fijar poco la mirada en la realidad más cercana), a nuestro entender su más grave carencia es la contraria: una miopía occidentalista, y en particular eurocéntrica. Por ejemplo, no se puede hacer un análisis de coyuntura acertado sin abordar un contexto más amplio, imprescindible para entender que el declive del capitalismo occidental es en gran parte producto del auge del capitalismo oriental. Así como que ambos capitalismos siguen nutriéndose del expolio y explotación de África, y de buena parte de América Latina.
También erraremos en nuestro diagnóstico si, como sorprendentemente sucede con el texto del MS, eliminamos de las cuestiones que aborde la gran parte de los riesgos de colapso (energético, de materias primas, climático, biológico, alimentario, sanitario…) a los que se enfrenta la humanidad en la actualidad (así como a las medidas de autoprotección que generará el planeta ante la gravísima agresión humana)
De igual forma, la visión eurocéntrica occidentalista limitada nos impedirá ver que muchas de las medidas contra la población que en la actualidad está llevando a cabo el capitalismo occidental en sus propios países son similares a las que lleva imponiendo en el resto de zonas del planeta que controla y somete por la ley del más fuerte (económica, pero, sobre todo, militarmente). Se trata de arrebatar a las clases populares lo poco que les queda, para entregárselas una vez más a las élites económicas. Y si para ello hace falta usar la fuerza bruta (militar, policial, parapolicial…), no se andan con remilgos la ética humanista no rinde beneficios al turbocapitalismo neoliberal. Puede ser una novedad en Europa y Estados Unidos, pero es una política que lleva décadas en otras latitudes. En esta parte del mapa el desmantelamiento del llamado Estado del Bienestar y su conversión en un Estado Paramilitarizado es la fórmula que han elegido para mantenernos en sometimiento ahora también al denominado “mundo desarrollado”.
El estado autoritario no viene pues como efecto del Atlantismo. El Atlantismo no es sino el uniforme para la guerra (o su amenaza) con la que el capitalismo occidental pretende hacer frente a su actual declive, y una de las condiciones impuestas por los intereses de los lobbys militares para seguir sustentando gobiernos (ya hemos visto cómo allí donde se elige alguien que no es de su gusto maniobran hasta que se le sustituye). Ya no se paran ni a dar forma de acuerdos a las imposiciones, ahora se amenaza y se extorsiona, y allá donde interesa, se invade o se arrasa. Ya sea a pequeña o gran escala: barrios de USA, favelas en México, territorios ricos en minerales en África, zonas de países como en Ucrania; o países completos como en Palestina, por poner solo los ejemplos más conocidos.
Finalmente, esa mirada miope impide también conocer cómo se está intentando hacer frente a esta situación en otras zonas del planeta, donde encontramos experiencias no solo de resistencia, sino donde cada vez más pueblos y comunidades optan por tomar las riendas de su propio presente y futuro autogobernándose al margen del Estado y, sobre todo, al margen del capitalismo (insistimos como otras veces en que nuestra limitación idiomática probablemente nos haga desconocer realidades similares en los pueblos y comunidades asiáticos y africanos).
Dándole vueltas a estas cuestiones estábamos cuando, a través de Raúl Zibechi y su artículo “La desconfianza de la izquierda hacia los mundos otros”, conocimos una entrevista realizada a Stefania Consigliere, profesora en el Departamento de Ciencias Antropológicas de la Universidad de Génova, con una investigación centrada en gran medida en la imaginación y la revolución y cuyo primer párrafo, además de captar nuestra atención, nos llevó a ponerlo en relación con las carencias que ya hemos señalado a “Línea comunista y antifascismo”, el nuevo texto del MS. Zibechi nos resume así lo expuesto (en italiano) por Consigliere:
La antropóloga sostiene que ya existen los mundos otros o nuevos, aunque aparezcan como desorganizados e imperfectos. Encuentra dos razones que impiden verlos, reconocerlos y darles la importancia que tienen. El primero consiste en “la mirada colonial”. En su opinión, “si un mundo no es tan avanzado tecnológicamente, por ejemplo, o no tiene una estructuración social como la nuestra, es un mundo un poco salvaje, menos deseable, primitivo”.
Se trata de una “arrogancia colonial” que no es en absoluto exclusiva de Europa ni del Norte Global, ya que es la actitud habitual en las izquierdas y en las academias latinoamericanas que suelen mirar con distancia y desprecio las iniciativas abajo y a la izquierda. Una reflexión que compartimos.
La segunda cuestión que aborda consiste en el “enfoque heroico de la idea de cambio”, heredada de la tradicional propuesta de “la revolución como una toma del poder, con ese momento mágico y escatológico en el que finalmente alcanzamos las riendas y dirigimos la maquinaria a nuestro antojo”. Consigue relacionar la toma del poder estatal con “la tentación de la dominación”, que resulta ser la faceta menos trabajada en los movimientos anti-sistémicos según la autora.
A raíz de ello, Zibechi comentaba una vivencia, que nos es muy familiar, pues nos sucede la mayoría de las veces que dialogamos con personas del MS o de otras propuestas revolucionarias:
A todos quienes apoyamos al zapatismo nos ha sucedido que gente en la izquierda y en los movimientos se encoge de hombros cuando les decimos que estuvimos en un encuentro-compartición escuchando a los compas o que estamos apoyando la construcción de un hospital, una escuela o la distribución de café orgánico. La imagen heroica de los obreros bolcheviques ingresando al Palacio de Invierno suena realmente importante mientras acudir a un evento para escuchar y aprender parece algo menor, casi sin importancia. (…) La imagen de la toma del poder como el ingreso al palacio se ha convertido en una postal, una estampita que sintetiza las ideas simplistas de revolución, que tan hondo han calado en el imaginario de las izquierdas del mundo. Todo aquello que no llegue a emparejarse con eso, es casi como perder el tiempo.
(…) Un gran problema de esta izquierda es que descontextualiza el antes y el después del bendito binomio “revolución=toma del poder”, para aislar ese hecho y convertirlo en paradigma de lo deseable, de lo único que realmente tiene valor. Pero ese paso estuvo precedido, siempre y en todos los casos, de miles de pequeñas acciones que no parecían importantes, ni se sabía que podían conducir a grandes acciones.
Pocos días después, y tras una experiencia parecida vivida recientemente en Perú, Raúl Zibechi añadía en otro artículo de opinión (Las izquierdas contra las autonomías), la siguiente reflexión, que extendemos a la llamada izquierda europea:
El relato que escuché en Lima sugiere algunas reflexiones.
La primera, es cómo las izquierdas no pueden ni quieren superar su racismo, su mirada eurocéntrica de los conflictos sociales, y además siguen considerando a los pueblos originarios como menores de dad a los que deben apadrinar y conducir. No es algo extraño, por cierto, pero a estas alturas provoca indignación y rabia.
La segunda, es que su opción por la definición clasista la realizan sin escuchar, sin atender las razones de los pueblos, pero por algo más: saben cómo manejarse en el terreno clasista, pero se pierden en cuanto se ingresa a la cuestión indígena, porque no dominan sus modos, ni entienden sus lenguas, ni saben de sus historias.
Podría agregarse que su eurocentrismo les hace estar más familiarizados con la dinámica de clases (y de tomar del poder estatal) que con la de pueblos (y la construcción de poderes otros).
Por último, la izquierda hegemónica es profundamente capitalista en algo que ni siquiera es capaz de ver: le apuestan a la unidad, a la hegemonía y a la homogeneización de los sujetos colectivos; sin embargo, recelan hondamente de la diversidad, porque no pueden controlarla. Grave, pero enteramente cierto.
Leyendo este texto no hemos podido sino volver a recordar algunas de las carencias o cuestiones críticas que hemos comentado del texto del MS. Lo mismo nos ha sucedido, cuando días después leíamos una entrevista a Yayo Herrero quien comentaba cuestiones como estas:
Creo que la cultura occidental se ha constituido como si no perteneciera a la Tierra, como si no formara parte de la trama de la vida. Además, con un permanente anhelo de fuga, en el sentido de querer escapar todo el tiempo de los límites físicos de la Tierra y de ese propio sentido de pertenencia. Como que la vida en la Tierra fuera una vida humillada. Y eso ha terminado configurando una forma de entender la vida en común que pretende dominar, controlar y explotar la naturaleza, y que reduce el concepto de valor a lo que podemos hacer crecer la economía. Toda esa mezcla de antropocentrismo, capitalismo y cultura patriarcal genera, creo yo, una dificultad grande para poder reorientar las formas de vivir.
(…) Lo que me mantiene esperanzada es precisamente ver esos niveles de articulación por debajo muchas veces no nombrados, no vistos, que han sido históricamente los que han venido consiguiendo que en lo grande también cambiaran cosas que mejoran la vida de la gente. Tenemos eso grande abstracto y eso pequeño concreto. Ahí, precisamente, la virtud de los enfoques de la sostenibilidad de la vida, de los ecofeminismos, es conectar ambas cosas. Ver cómo, incluso en entornos brutalmente hostiles —y no ahora solo sino a lo largo de toda la historia—, ha habido comunidades y pueblos que han sido capaces de organizarse para seguir sosteniendo la vida.
(…) Somos una cultura que se forma en la necesidad de controlar y dominar la Tierra y los propios cuerpos humanos, por no decir los cuerpos de los seres no humanos. Y eso es un problema grande porque cuando tú estableces una relación de control y dominio sobre aquello de lo que dependes estás condenado directamente al suicidio. Cuando pretendes controlar y dominar –y en el extremo ejerces la violencia sobre lo que te cuida y lo que te mantiene, lo que para mí es la esencia del patriarcado– lo que terminas generando es un marco cultural que violenta justo aquello de lo que dependes, que lo destruye y que en el extremo de la perversión llega a ligar el amor y la violencia. Porque aquello que dices que amas es también aquello que está relacionado contigo desde lógicas de control y de dominio. Eso es algo que explica por qué cuesta tanto salir de aquí. Porque cuando repensamos la economía, la política o la cultura estamos todo el rato pensándolo como si estuviéramos fuera de aquello de lo que dependemos. Y como si la clave fuera explotar al máximo aquello que es justamente lo que hace que estemos vivos.
(…) Ha habido momentos en la historia de enorme dificultad en los que ha fluido la cooperación y el apoyo mutuo de una forma tremenda. Esto está súper documentado en los análisis, por ejemplo, de sociología del desastre. Y hay situaciones en el mundo donde la crueldad llega a unos niveles que parecen absolutamente inimaginables. Hay que tratar de construir contextos que favorezcan al máximo posible la existencia de coágulos de vida comunitaria que, ante las cosas que pasen —porque van a pasar cosas complicadas relacionadas con el clima y con otras cuestiones— salga eso que es lo mejor. Para mí, ahora mismo, es el trabajo activista más importante, el de crear comunidades que desde la consciencia de la interdependencia sean capaces de afrontar el momento que estamos viviendo.
Por eso nos ha parecido oportuno poner estos textos en diálogo con los del MS, porque creemos que aportan más que nuestro simple punto de vista, y esperamos que puedan servir para enriquecer ese debate compartido de su texto que proponía el Mugimendu Sozialista. Sin entrar de nuevo, lógicamente, en su parte propositiva, pues ya sabéis qué opinamos de ella.
Añadamos una última cuestión. En los textos públicos y las declaraciones del MS es muy difícil encontrar rastros de la utilización de una de las principales herramientas de los movimientos populares, revolucionarios o transformadores: la autocrítica. Algo que, por el contrario, acostumbra a practicar de forma asidua el movimiento revolucionario probablemente con mayor desarrollo en muchas décadas, el zapatismo. A ello va a dedicar también el semillero que ha convocado para finales de año. La convocatoria aclara que se trata de abordar las pirámides no sólo en el sistema capitalista, sino también en “los movimientos de resistencia, las izquierdas y el progresismo, los derechos humanos, la lucha feminista y las artes”. De ese semillero no nos cabe duda que el MS, como el resto, podremos sacar importantes aprendizajes que nos fueran de provecho para enriquecer nuestros análisis, propuestas de acción o de línea política.

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