Imagen tomada de : https://i0.wp.com/redlatinasinfronteras.files.wordpress.com/2022/05/asambleas-populares-2022-byn.jpg
(…) De este modo, en el marco de este balance, extraemos una serie de aprendizajes: uno de ellos, gira en torno a la necesidad de reconocer lo naturalizado de las “viejas” prácticas políticas en nuestras formas de relación en los procesos colectivos, por más que se desee o diga lo contrario. En ese sentido, resulta importante hacer visibles estas dinámicas, de manera abierta y colectiva para transitar a ese otro mundo que queremos. Y de modo particular, alentar cambios en términos tridimensionales: a nivel interno e individual, colectivo y externo.
Otro aprendizaje, aunado a lo anterior, es que la falta de reconocimiento de estos aspectos está relacionada con una indisposición a llevar a cabo revisiones críticas de nosotrxs mismxs. Pero, también a la falta de mecanismos para reconocer abiertamente las diferencias y desigualdades de clase, de capital cultural, de género, de raza, entre muchas otras.
Ciertamente, la horizontalidad encubrió las jerarquías y desigualdades del hacer colectivo. Solo algunas de ellas se pudieron problematizar, pero no se pudo ir más allá y avanzar en la elaboración de una lectura crítica más amplia de las relaciones de poder, necesaria en JRA y otros espacios autónomos. En particular, se hace necesario asumir el peso de los liderazgos en la toma de decisiones y cómo esto genera inequidades políticas, aun cuando se ponen en juego métodos para tomar decisiones por consenso.
En este sentido, cobra importancia pensar qué tanto el consenso garantiza en sí mismo una decisión democrática.
(Del texto de Mina Lorena Navarro y Carlos Federico Piñeiro El mundo que teníamos y el mundo que queríamos. Claves para pensar la experiencia de Jóvenes en Resistencia Alternativa (JRA) y su apuesta de horizontalidad y autonomía urbana)
Quienes hayáis seguido con alguna frecuencia las entradas de este Iraultzak Lagunduz, habréis podido comprobar que (siempre desde la perspectiva de cómo acompañar o ayudar a esas irualtzak) dos de las cuestiones que más preocupan o interesan a la persona que escribe los textos que se cuelgan son, por un lado, la trasmisión intergeneracional y, por otro, la revisión crítica de las principales herramientas que tiene el movimiento popular, para no dejar que se oxiden o desajusten por el paso del tiempo, o porque aparezcan nuevas herramientas que recomienden sustituir a las anteriores.
Teniendo lo anterior en cuenta, podéis imaginaros la felicidad que nos supuso encontrar un texto como el reseñado en la entradilla, El mundo que teníamos y el mundo que queríamos. Claves para pensar la experiencia de Jóvenes en Resistencia Alternativa (JRA) y su apuesta de horizontalidad y autonomía urbana, que aborda estas dos cuestiones. Y, además, una de las personas que lo escribe, Mina Lorena Navarro, es una de las encantadoras locas entramadas de Horizontes Comunitarios (Lucía Linsalata y Raquel Gutiérrez) de las que tanto aprendemos (a finales del año pasado han publicado un nuevo libro, Apostar por lo Común en un mundo dañado) y a las que venimos siguiendo y difundiendo sus textos desde los tiempos de nuestro anterior blog kutxikotxokotxikitxutik.
Hoy no vamos a centrarnos en el magnífico ejemplo de trasmisión generacional que supone el texto de Mina Lorena y Carlos Federico (aunque lo recomendamos vivamente, tanto para conocer la más que interesante historia de Jóvenes en Resistencia Alternativa JRA, como para ver que la trasmisión generacional se puede llevar a cabo en un texto no demasiado amplio), pero sí vamos a detenernos en la otra temática que aborda, la de la revisión crítica de la horizontalidad, hecha, además, desde el testimonio propio y concreto de Mina Lorena y Carlos Federico en la JRA. Añadiremos también otras reflexiones sobre la horizontalidad de otros textos de Mina Lorena.
Como ello va a suponer ya una entrada extensa, vamos a dejar para una segunda parte una serie de referencias a otro texto recientemente republicado (y que no conocíamos con anterioridad) por un grupo de mujeres antimilitaristas, Mujeres de Negro, quienes, desde su experiencia concreta, han reflexionado y plasmado en el texto La horizontalidad como una de las señas de identidad de Mujeres de Negro contra la guerra, desde su apuesta evidente por la horizontalidad, muchas de las cuestiones problemáticas que plantea
Finalmente, y en esa misma segunda parte, procurando dar un paso más, vamos a intentar acompañar esas revisiones crítica desde la aportación de nuestra propia experiencia (eso es parte de la trasmisión generacional que pretendemos impulsar), la de alguien, en este caso quien esto escribe, que en su actividad militante en variados colectivos de los que apostaban o apuestan por la horizontalidad, reconoce abiertamente haber contado con no pocos de esos llamados privilegios que cuestionan las voces críticas con la horizontalidad. Aunque mi lectura de las causas y razones no coincida del todo con esas voces críticas. A ver si conseguimos hacer un texto que pueda ayudar a futuras reflexiones intergeneracionales sobre la horizontalidad.
La Horizontalidad siempre a debate (afortunadamente)
La horizontalidad, como método de organización de los movimientos populares asamblearios, al menos en nuestro contexto geográfico político, Euskal Herria, ha sido una de sus características más representativas desde hace al menos 4 décadas. Pero fuera de ese marco inmediato, no pocas de las revueltas populares que se dieron en torno a la toma de plazas en diferentes partes del mundo, también hacían de la horizontalidad una de sus señas de identidad. En ocasiones hasta el extremo de convertir la horizontalidad en un fin en sí mismo, cayendo en una especie de postulado al que podríamos denominar Horizontalismo. Ese horizontalismo ha sido abiertamente criticado desde fuentes anarquistas, tal y como recoge este párrafo del texto de Mark Bray titulado Horizontalismo: Anarquismo, Poder y Estado:
(…) es evidente que aunque el anarquismo es inherentemente horizontal, el horizontalismo histórico de los últimos años es una entidad fluida que ocasionalmente promueve valores e ideas que están en desacuerdo con el anarquismo como resultado de su ideología minimalista y «anti-ideológica». Aunque algunos anarquistas y otros han caracterizado al anarquismo como «anti-ideológico» también, la historia del movimiento muestra que la mayoría de sus militantes y teóricos lo han visto como una doctrina sólida, aunque flexible, anclada en un conjunto de principios anti-autoritarios. Esto contrasta fuertemente con la tendencia posmoderna predominante de los defensores del horizontalismo, que lo ven como un conjunto maleable de prácticas desconectadas de cualquier centro político específico. Este enfoque «anti-ideológico» en la forma sobre el contenido, es decir, su énfasis en cómo se toman las decisiones sobre lo que se decide, ha creado tensiones significativas en el contexto del horizontalismo popular más o menos espontáneo para los anarquistas que apoyan la organización de masas y esperan las aperturas políticas proporcionadas por tales movimientos. Dado que el horizontalismo intenta divorciarse de la ideología, sus estructuras y prácticas son susceptibles de resignificarse en direcciones decididamente no horizontales, como la participación en el gobierno representativo.
Ese mismo debate se recogía ya hace algunos años en Argentina, donde no pocos de los movimientos populares surgidos con la revueltas populares, piquetes, caceroladas, tomas de empresas y demás iniciativa surgida al calor del ¡Que se vayan todos!, habían encontrado en la horizontalidad la manera más adecuada para organizarse. Veamos por ejemplo lo que se planteaba en el conocido programa de radio Después de la deriva al analizar la cuestión ¿Horizontalidad u horizontalismo?:
Si las asambleas tienen la potencia de marcar alguna diferencia respecto a otras formas de abordar las decisiones colectivas es porque pueden dar lugar a una dinámica horizontal en la circulación de la palabra y, a partir de ahí, habilitar el encuentro de múltiples miradas capaces de decidir en conjunto.
En este contexto, la horizontalidad se nos presenta como una clave para que una asamblea aspire a ser algo más que un eufemismo ante las formas verticales de abordar las decisiones colectivas.
Obervamos, además, que aquellas experiencias que abandonaron su conformación y prácticas horizontales para volcarse a una estructura más vertical han ido, más causal que casualmente, abandandonando también sus aspiraciones por una política emancipativa, autonoma e igualitaria.
Por otra parte, vemos una militancia de la horizontalidad como fin en sí mismo, lo que llamamos horizontalismo, y es aquí donde nos sentimos interpelados:
¿Es la horizontalidad una afirmación propositiva o es la negación de la verticalidad? ¿Organizarnos de forma horizontal nos alcanza?
En nuestro programa número doce nos inquieta indagar acerca de la relación que hay o pudiera haber entre la horizontalidad y el horizontalismo. ¿Son acaso lo mismo? ¿Es el horizontalismo una cuestión política? ¿Lo es la horizontalidad por sí misma?
Nos preguntamos también si los espacios asamblearios encuentran dificultades ante una demanda sistemática de horizontalidad o, por el contrario, si es esa demanda la que los fortalece ¿Es la horizontalidad, como consideran sus detractores, un obstáculo para la resolución de conflictos o para la toma de decisiones?
En cualquier caso, podríamos decir que la horizontalidad, afortunadamente, ha sido (y, como vamos a ver, sigue siendo) una de las cuestiones más sometidas a debate y revisión crítica. En este mismo blog ya hemos dado cabida en parte a esos debates en una entrada que recogía la reseña del texto La trampa de la horizontalidad.
Pero vemos que en la actualidad algunos de los nuevos movimientos revolucionarios cuestionan la horizontalidad y abogan por un modelo verticalista. Es el caso de la organización hermana de GKS en el contexto estatal, la Coordinadora Juvenil Socialista CJS, quien en el Asalto Podcast 29 de 21 de mayo pasado, cuando se les pregunta ¿De dónde surge CJS y por qué creéis que ha enganchado a los jóvenes una propuesta de tipo vertical cuando veníamos de formatos asamblearios, horizontales de otro cuño?, responden:
Claro, muchos de nosotros venimos de movimientos sociales, antifascismo, movimiento de vivienda, feminismo, hay peña también del movimiento ecologista, movimiento estudiantil y claro, cuando empezamos un poco a montar CJS, que surge de la unificación de grupos distintos, e incluso gente que venía también un poco de del anarquismo más político, por así decirlo, pero luego también pues vienen las juventudes del PCE, ¿no? Y como digo, es una unificación de grupos y de personas que venimos de muy distintas trayectorias. Trabajamos bastante la cuestión de la verticalidad y la horizontalidad, porque claro, veníamos de movimientos sociales que se organizaban aparentemente en términos horizontales, pero en los que luego la informalidad daba lugar a dinámicas de poder implícitas que las hemos visto arrastradas en los últimos años, en torno a 2020, de 2021, era evidente ya que los movimientos y los colectivos de base, tal y como estaban configurados, ya no es que tuvieran una serie de límites, es que estábamos empezando a generar unos problemas en muchos centros sociales, muchos colectivos muy grandes, ¿no? Entonces, una reflexión que hicimos es, bueno, creemos que hay la posibilidad, obviamente, de tener distintas funciones de responsabilidad, de repartir bien las tareas con lo que se llaman un modelo también de de delegación, ¿no?, de tareas en lo que eso funcione de forma también democrática, en la que haya una buena capacidad, ¿no?, de revocar, de supervisar las responsabilidades que uno ejercen, que se ejerzan de manera natural rotando, dando relevos genera nacionales, porque está viniendo mucha gente que está entrando nueva
También nos ha llamado la atención que en la definición de wikipedia sobre horizontalidad, cuya última revisión es de enero de 2026, más de la mitad de lo escrito haga referencia a las críticas a la horizontalidad y no tanto a sus potenciales virtudes:
En tanto modelo de estructuración para organizaciones sociales y/o políticas, el horizontalismo ha sido fuertemente criticado. Al plantear una igualdad "ideal" en la práctica desconoce la diversidad de experiencias y habilidades de los miembros integrantes de los grupos, en los que hay personas con mayores capacidades de dirección que terminan tendenciando las decisiones hacia sus pareceres al estar debatiendo con personas con menor preparación o conocimientos específicos. Este tipo de situaciones ´caudillistas´ ha llevado a entender que las organizaciones que se llaman horizontales terminan siendo las menos democráticas y más autoritarias. Sumado a esto, las agrupaciones que adoptan esta modalidad prácticamente en todos los casos toman el consenso entre los integrantes como método para la toma de decisiones, lo que es cuestionado debido a que la oposición(caprichosa o no) de una minoría tiraniza la decisión mayoritaria. Estas dos características hacen que se entienda este método organizacional como antidemocrático, especialmente es así planteado por quienes abogan por métodos de decisión de base y democráticos no verticalistas pero con elementos elegidos para organizar una dirección, como el Centralismo democrático, el cual ha demostrado poder aunar las mejores características que plantean los horizontalistas-una persona=un voto, creatividad, participación, distribución de tareas, etc.- y ser al mismo tiempo representativo, no autoritario y flexible-siempre que sea utilizado sin caer en deformaciones verticalistas o de otro tipo-. En los últimos tiempos con la maduración de las experiencias militantes surgidas al calor de las luchas populares de la Argentina del 2001 varias de estas espacios han reconocido estos límites y dificultades y han dejado atrás el horizontalismo sino teóricamente al menos como forma de organización.
Análisis crítico de la horizontalidad en la experiencia del JRA
Visto lo hasta aquí comentado, parecería que criticar la horizontalidad con argumentos demasiado facilones se ha puesto de moda. Por eso rápidamente despertó nuestro interés el texto de Mina Lorena y Carlos Federico El mundo que teníamos y el mundo que queríamos. Claves para pensar la experiencia de Jóvenes en Resistencia Alternativa (JRA) y su apuesta de horizontalidad y autonomía urbana. Porque, además, ambxs escriben desde su condición de antiguos miembros de un movimiento revolucionario mexicano, Jóvenes en Resistencia Alternativa JRA, quien lxs autorxs definen como:
una organización política-estudiantil mixta de Ciudad de México que nació en 2003 y se disolvió en 2019. Teniendo al neozapatismo, a los centros sociales autónomos europeos y al autonomismo argentino como principales fuentes de inspiración, JRA articuló y convocó a un número importante de estudiantes universitarios al activismo no electoral
Y, como ya hemos dicho antes, conocemos desde hace bastante los textos de Mina Lorena Navarro (quien gusta pensar desde el marxismo crítico) y de sus amigas entramadas de quien hemos aprendido mucho, y nos fiamos bastante de su criterio. De nuevo no nos ha defraudado, pues le entran con sinceridad y sin tapujos, de forma pública, a la cuestión de los problemas que la horizontalidad generó en JRA, y esa sinceridad es fundamental para abordar la cuestión.
En el apartado de su texto sobre la historia de las JRA dedicado a la horizontalidad, con el significativo titulo de La horizontalidad, ¿conjuro contra las jerarquías?, lxs autorxs comienzan por un reconocimiento de lo que en su experiencia y en la política autónoma urbana de México ha supuesto la horizontalidad:
En la política autónoma urbana, la horizontalidad ha sido central en la búsqueda por construir relaciones sociales no jerárquicas, antiautoritarias y democráticas en la cooperación, deliberación y decisión en común. En contraposición con las formas políticas estatales y partidarias de las que se buscaba marcar distancia, la horizontalidad habilitó un camino para la experimentación de relaciones que se decantaban por formas y dinámicas organizativas menos rígidas y atentas a la no concentración del poder.
Pero a continuación señalan ya lo que a su juicio es uno de los problemas principales de la horizontalidad, la no resolución de la gestión de las distintas diferencias:
Un primer elemento para problematizar es que, si bien se buscaba romper con las dinámicas de verticalidad y separación, propias de las formas políticas estatales y liberales, y la mayoría de las partidarias y sindicales en México, la propuesta de la horizontalidad no resolvía en sí mismo el problema de la organización colectiva del poder y la gestión de las distintas diferencias entre sus participantes. (…) Lo cierto es que no éramos iguales, y en ese sentido, el discurso de la horizontalidad corría el riesgo de asumir un principio falaz de igualdad que oscurecía y, por tanto, dificultaba el reconocimiento de las diferencias de quienes participábamos. Diferencias por edad, género, orientación sexual, condiciones de salud y padecimientos de enfermedades, rasgos de personalidad, clase y posición socioeconómica, origen étnico, trayectoria y experiencia política, responsabilidades de cuidados familiares, de personas enfermas o de parentesco, entre otras.
Aunque eran muchísimas las diferencias que nos constituían, estábamos lejos de reconocer que ellas nos colocaban en posiciones y lugares distintos y desiguales en una trama amplia y compleja de poder en el interior del colectivo. El elemento aglutinador que parecía ser suficiente y que desvanecía aquellas disimilitudes era nuestra condición de ser jóvenes universitarios con ganas de cambiar elmundo desde una lógica no estatal ni electoral.
No obstante, señalan que probablemente el problema era un desenfoque inicial de su concepción de la horizontalidad, tal y como se desprende de las apreciaciones que recogen de otrxs autorxs:
Hernán Ouviña habla del peligro de pensar la horizontalidad como método-fetiche, es decir, como remedio de todos los males. Partimos de considerar que no existe horizontalidad en “estado puro”, sino, más bien, variados y fluctuantes grados de acercamiento a ella, entendida como un horizonte al cual nunca se llega plenamente. En general, lo que se constata en los movimientos y colectivos autónomos son momentos o actos de horizontalidad, y especialmente relaciones y formas-proceso que la prefiguran sin llegar jamás a plasmarla de manera integral.
En esa misma sintonía, Raquel Gutiérrez sugiere ir más allá de la horizontalidad entendida como decreto. Y más bien, concebirla como una producción constante orientada en horizontalizar las relaciones, haciéndose cargo de las asimetrías existentes a través una gestión política y colectiva de las diferencias.
Comentan un primer intento de aminorar las jerarquías:
El camino para aminorar tales jerarquías se centraba en la experimentación y generación de dinámicas de formación política y herramientas para discutir, deliberar, construir consensos o analizar coyunturas bajo formatos horizontales y asamblearios en los que se buscaba estimular la circulación y el uso plural de la palabra. Sin embargo, y como veremos más adelante, estas no fueron suficientes ni, en muchas ocasiones, realmente fueron espacios horizontales desde los cuales las opiniones y necesidades de las y los diferentes fueran tomadas en cuenta.
La cuestión es que las diferencias que aparecían, que, como vamos a ver son las que habitualmente aparecen en casi cualquier colectivo, no tienen forma fácil de afrontarse:
resultaba complicado abordar el conjunto de desigualdades entre los procesos de participación marcados por las condiciones personales –subjetivas y materiales– de sus integrantes.
Por ejemplo, quienes contaban con más tiempo para participar en las actividades colectivas, iban accediendo a más información, lo que iba generando una tendencia de especialización, que se profundizaba, además, en aquellxs que contaban con una experiencia política previa. El resultado era una tendencia de concentración y conformación de un núcleo reducido de personas con más tiempo para participar, más información, más conocimiento y experiencia y, por lo tanto, mayor poder para decidir. Lo que, en suma, les iba diferenciando e, incluso, separando de quienes –por distintos motivos– no participaban tanto o lo hacían de manera intermitente.
Ante tal situación, se iba reconociendo que las dinámicas de separación entre los que “más participaban” y los que no “participaban tanto” se relacionaban con un problema más complejo, más allá de una simple desobligación o falta de compromiso.
Esto es, había personas que querían participar, pero no tenían tiempo ni condiciones para hacerlo, porque necesitaban resolver su subsistencia.
Más allá de la voluntad, la diferencia de clase y nivel socioeconómico aparecían como una variable para considerar.
Llegaron a ensayar formas curiosas de cómo hacer frente por ejemplo al problema de necesidad de subsistencia de algunas de las personas, buscando liberarla en base a distintos tipos de generación de ingresos, pero esas fuentes de ingresos terminaban siendo más contradictorias que el problema original.
Otro de los problemas habituales a hacer frente es igualmente la existencia de liderazgos unipersonales, que en el caso de JRA parece que fue especialmente acusado:
JRA, en particular, se caracterizó por el liderazgo de una persona con una gran capacidad de influir y condicionar las decisiones colectivas. Lo cierto es que estábamos lejos de problematizar la dimensión negativa del ejercicio de poder de esta clase de liderazgos de forma abierta. (…) Desde el principio sentía que era casi imposible que una decisión con la que él no estuviera de acuerdo pasara en asamblea (…) De hecho, una de las razones de muchos de los rompimientos y salidas de integrantes en distintos momentos fue la crítica a este liderazgo y la falta de capacidades colectivas para reconocerlo, problematizarlo, regularlo y limitarlo. Y estas críticas se realizaron casi desde el principio de JRA.
A lo que, en el caso de las JRA se sumaba un funcionamiento asambleario poco transparente:
la forma de operar por debajo de las asambleas era opaca y no era una práctica abierta y acordada en asamblea, pero, al mismo tiempo, había una especie de normalización de eso.
Ante todo ello, conviene tener en cuenta las reflexiones, comentarios y recomendaciones de Mina Lorena y Carlos Federico:
Desde la reflexividad que nos deja esta experiencia, sostenemos que se requieren de mecanismos claros de rendición de cuentas de quienes lideran este tipo de proyectos, así como de una postura ética que rechace aquellos posicionamientos vanguardistas que imponen una Verdad sobre cómo hacer las cosas, no importando si con ello, se inhibe el proceso de prueba y error y de aprendizaje colectivo. De seguir por ese camino, la horizontalidad será, en el mejor de los casos, solo de forma, pero no de fondo.
En relación con la gestión de las diferencias y la búsqueda por aminorar las jerarquías entre lxs integrantes, ciertamente hubo un reconocimiento parcial de la importancia de estos asuntos, por ejemplo, a partir de la construcción minuciosa de herramientas para tomar decisiones por consenso, o bien, la generación de apoyos económicos para quienes querían participar y no podían. Sin embargo, sostenemos que se requería de un entendimiento más amplio de las relaciones de poder y las desigualdades constitutivas de quienes participábamos. Esta incapacidad colectiva fue uno de los motivos de las distintas rupturas y salidas de distintos integrantes en distintos momentos.
Cabe señalar que, si bien en aquellos años las luchas feministas no tenían la importancia y trascendencia que tienen ahora, a la luz de lo que hemos aprendido con ellas, podemos ver que no se indagó en otros factores o fuentes posibles de generación de diferencias y desigualdades al interior de la organización. Por ejemplo, más allá de la clase, difícilmente nos preguntamos ¿cómo los distintos aspectos que nos diferenciaban unxs a otrxs estaban vinculados con el sistema de género?, es decir, ¿por qué algunos tenían más tiempo disponible para participar?, ¿de qué modo su condición sexo-genérica influía?, ¿había integrantes que tenían a su cargo el cuidado de hijxs, infancias, adultos mayores o personas enfermas y, si era el caso, cómo esto dificultaba o no su participación en el grupo?, ¿qué hacíamos al respecto para generar dinámicas más inclusivas?
Terminemos este apartado con otras de sus reflexiones y conclusiones que creemos importante remarcar, pues creemos que es otro de los vicios habituales en los colectivos que practican la horizontalidad, pues ningún colectivo es asamblearix solo por el hecho de convocar una asamblea, ni ninguna organización es horizontalista simplemente por no querer ser jerárquica:
Y parte del problema para transitar hacia formas transparentes y democráticas de participación tenía que ver con la supuesta impermeabilidad que las organizaciones autónomas tienen a las formas de la “vieja izquierda”, jerárquica, dogmática y patriarcal, por el simple hecho de decir que no se comulga con ella.
(…) Como plantea Leondar-Wrigth (2014, pp. 132-135), es indispensable problematizar cómo impactan las diferencias a la hora de tomar decisiones en organizaciones con claras diferencias de clase, de experiencia política, de niveles educativo, cultural y económico. De igual forma, es importante analizar cómo la deliberación perpetua para llegar a un acuerdo “consensuado” suele beneficiar a quienes mejor hablan y pueden formular de manera más clara sus posiciones y defenderlas. Estas personas suelen gozar de más reconocimiento dentro de sus organizaciones que quienes, por muchas circunstancias, no sienten la posibilidad de hacer que su voz sea escuchada de la misma manera.
Lo anterior no es una postura para desechar la búsqueda de consenso en espacios mixtos y socialmente diversos. Al contrario, apelamos a reconocer que, para que un acuerdo sea realmente consensuado, todas las voces involucradas deberían tener garantizadas las mismas condiciones para poder expresar su palabra. Y si estas no existen, no solo tendría que reconocerse abiertamente, sino buscar maneras, de fondo y no solo de forma, que posibiliten equilibrar los términos de la participación en el contexto organizativo para considerar todas las opiniones por igual.
En suma, esperamos que esta lectura ayude a pensar críticamente problemas que comúnmente se encaran en organizaciones autónomas mixtas y contar con recursos para evitar que se presenten reiteradamente y pongan en riesgo la continuidad de estos esfuerzos. Lo que aquí se ha compartido busca coadyuvar en el fortalecimiento de las capacidades de las organizaciones autónomas, y alentar ejercicios de autoreflexividad para poder materializar, en términos profundos y reales, “el mundo que queremos”.
Otras reflexiones más que interesantes de Mina Lorena Navarro sobre la horizontalidad
Los textos hasta ahora recogidos tienen el valor añadido del testimonio conjunto de dos personas que militaron en las JRA y que mantuvieron actitudes distintas ante los problemas de horizontalidad que se dieron en su interior. Pero Mina Lorena a nivel individual ha escrito más textos en los que de una forma u otra aborda esta misma cuestión, pero añadiéndole aportaciones específicas de su militancia en el feminismo comunitario, que conviene tener presentes, porque no son frecuentes en los análisis sobre horizontalidad.
Por ejemplo, en Experiencias autónomas, antiextractivistas y feministas de producción de lo común para la defensa de la vida. Confluencias entre lo rural y lo urbano incide en cuestiones como:
una dimensión interna relacionada con las dificultades de la gestión de diferencias que tendencialmente se convirtieron en relaciones de poder y jerarquía por las trayectorias biográficas, experiencias políticas, etarias, étnicas, sexo-genéricas, de clase, si se era madre o si se tenía a cargo el cuidado de enfermxs o adultxs mayores, entre otras cosas. Esta dificultad por reconocer las diferencias deriva en la concentración de poder que se da cuando algunxs cuentan con más información que el resto, o un saber especializado que es valioso en la práctica política, o por tener posibilidad de participar más.
Cuestiones sobre las que más adelante, en el mismo texto, profundiza:
Formulaciones como “poner la vida en el centro” o “poner al centro la reproducción”, expresan la preocupación por encontrar modos de conectar la vida con la lucha y no dejar que se invisibilicen todas aquellas prácticas ligadas a la reproducción de nosotras y de nuestras tramas. Las separaciones entre lo personal y lo político y entre lo (re)productivo y lo político, reinstalan las diferencias y jerarquías entre géneros, asumiendo que hay un principio de igualdad de condiciones desde el cual todxs partimos para participar.
Se hace necesario producir formas de hacer política que nos lleven a conectarnos con los tiempos, ritmos y necesidades de nuestra reproducción. Así, palabras como cuerpo, alimentación, salud, dignidad, autonomía, cuidado, se han vuelto parte de una gramática resignificada.
Como dice Cristina Vega el contacto con la materialidad de nuestras corporalidades es una operación feminista que resiste la difuminación de la reproducción en un sentido abstracto, con lo que se constituye nuestro punto de arranque en los procesos de lucha (Vega, 2021).
En estos contextos, muchos colectivos mixtos han entrado en crisis cuando la clave antipatriarcal impulsada por una práctica entre mujeres, va desbordando lo instituido y alumbrando la necesidad de reorganizar los modos desiguales y jerarquizados de las estructuras sexogenéricas
En otro de sus textos, en este caso Hacer común contra la fragmentación en la ciudad: experiencias de autonomía para la reproducción de la vida, recoge el punto de vista sobre esta cuestión de las diferencias de otras dos grandes militantes pensadoras, Silvia Federici y Raquel Gutiérrez, así como del amigo uruguayo Raúl Zibechi:
Siguiendo a Silvia Federici diríamos que “las diferencias no son el problema, el problema es la jerarquía. La jerarquía hace que las diferencias se vuelvan una fuente de discriminación, de devaluación y de subordinación”.
En esa medida, la horizontalidad ha surgido como una apuesta por construir relaciones sociales no jerárquicas, ni autoritarias para organizar la cooperación, la deliberación y la decisión en común. A lo largo de los últimos años, las ideas y prácticas orientadas a horizontalizar las relaciones se han ido nutriendo y también complejizado, en tanto la construcción de relaciones distintas no se da con sólo decretarlo o con tener buenas intenciones; sino se trata de un largo proceso de aprendizaje, de sensibilización, de experimentación de métodos, de probar y equivocarse. A decir de Raquel Gutiérrez:
Habría que preguntarse si el criterio de horizontalidad es suficiente o si no conviene convertirlo en verbo, más bien en una relación tendencialmente horizontalizadora. Y que tiene que ver con el problema de la con-formación de relaciones nuevas y de-formación de relaciones viejas. Es el problema de la gestión de la diferencia, en el sentido fuerte de la palabra, las diferencias materiales, etarias, de capacidad. ¿Cómo conviertes eso en un asunto horizontalizador? Porque es una ficción armar un proyecto horizontal de entrada sobre este conjunto de estas asimetrías (Conversación con Raquel Gutiérrez, 2015).
La capacidad de dispersión o socialización del poder es otra clave en los procesos horizontalizadores de organización del hacer en común.
La política antiautoritaria precisamente se construye sobre la base de reconocer las diferencias y las relaciones de poder al interior de una colectividad, pero al mismo tiempo de generar mecanismos que una y otra vez busquen dispersar el poder (Zibechi, 2006) para encarar el riesgo de la representación expresada en una tendencial separación y autonomía entre dirigentes y dirigidos.
En ese mismo texto nos aporta también, a través de una entrevista grupal, la visión de la Organización Popular Francisco Villa de la Izquierda Independiente, que plantea que la capacidad de autorregulación de la colectividad evita en buena medida los riesgos de verticalidad:
La concepción que tenemos del dirigente es que un buen dirigente tiene que hacerse menos indispensable cada vez, esto quiere decir que hay que ir delegando, ir construyendo estos espacios donde ese poder que se tiene como dirigente se vaya compartiendo. En ese sentido hay que luchar contra el tipo de educación que recibimos, porque tiende a respetarse o seguirse al que habla mejor o se atreve a ir al frente y aquí mismo se dan procesos donde a veces como dirigentes hemos tenido que asumir posiciones donde la comunidad tiene que ver que no hay diferencias entre unos y otros y estamos obligados todos a respetar los reglamentos.
Entonces en ese sentido vamos compartiendo vamos mostrando en los hechos que el poder es para todos, y que lo podemos ejercer todos, todos tenemos limitaciones en términos de las decisiones y esos límites son la colectividad, las instancias que hemos construido juntos. Aquí mismo en la coordinación aunque cada quien tiene una responsabilidad en un predio nadie puede hacer una determinación por sí mismo, hay una instancia que lo regula, que frena.
En términos reales nosotros pensamos que primero es generar esta situación de no de ver de arriba hacia abajo o no vernos de abajo hacia arriba sino vernos iguales, si ustedes ven en nuestros espacios no hay templetes para las asambleas, los compañeros que llevan la asamblea no tienen un espacio privilegiado, las asambleas son al ras de piso, porque pensamos que es importante eso. Hemos buscado que las asambleas no las lleve el dirigente del espacio sino los mismos compañeros son los que llevan la mesa, la relatoría y entonces los compañeros que tienen la información, los responsables participan en los puntos que les corresponde y es muy importante cuando estos avances políticos o ideológicos se convierten en cotidianeidad.

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