Los nuevos rostros de la explotación en la guerra del capital contra la clase trabajadora es el titulo de la exposición hecha por Mateo Crossa Niell el pasado julio en el Semillero Guerra contra la Humanidad (Las poblaciones y la naturaleza bajo asedio). Esa intervención estuvo dividida en dos partes, y la que nos llamó poderosamente la atención por sus análisis fue la segunda, la que tenía por título “La guerra redoblada contra el trabajo”, que es la que queremos centrarnos en esta entrada.
Porque tras finalizar la Parte 1, más abstracta, que se centraba en la tendencia creciente hacia la concentración del capital basada en la articulación dominante del capital financiero y tecnológico el autor nos dice que esta concentración “ no es ganancia virtual, no es ganancia que se produce en las nubes, sino una forma concreta de acumulación de riqueza socialmente producida”. Y lo explica así:
Esta riqueza de la que se apropian los grandes capitales no surge de la nada, es riqueza que se apropia el capital al convertir violentamente la naturaleza en mercancía y al apropiarse del trabajo humano. Con esto quiero decir que la aceleración desbocada de la acumulación capitalista mantiene una relación directamente proporcional con la intensificación y aceleración de las ruedas del capitalismo, del despojo y la explotación.
No hay manera de comprender la concentración creciente de riqueza en cada vez menos manos si no se entiende como resultado de la expansión de mecanismos cada vez más agresivos de apropiación del trabajo humano y de la mercantilización de la naturaleza.
Entonces, lo que me interesa ahora es prestar atención a las enormes transformaciones que están ocurriendo en la rueda de la explotación, es decir, en la guerra del capital contra la clase trabajadora.
Y hago esto porque considero que la esfera de la explotación está experimentando mutaciones de gran envergadura que hace pocos años resultaban difícilmente imaginables, y desde mi punto de vista es necesario analizarlas para comprender el funcionamiento del capitalismo y para entender quiénes son la clase trabajadora o las clases trabajadoras.
A continuación, analiza las falsas expectativas creadas con las transformaciones tecnológicas, desnudando su verdadero rostro:
Lo primero que vale la pena señalar es que los nuevos mecanismos de explotación ocurren en un contexto, como ya dije, de profundas transformaciones tecnológicas cuyo desarrollo comenzó a acelerarse desde las décadas de los noventas con la expansión masiva de las computadoras personales, la digitalización de los procesos productivos y la consolidación de tecnologías de la información y comunicación. En la actualidad esta transformación adquiere una nueva dimensión con la incorporación de sistemas automatizados de procesamiento de datos basados en la inteligencia artificial.
La magnitud de estos cambios tecnológicos ha alimentado nuevamente discursos que anuncian la llegada de una revolución capaz de prescindir del trabajo humano en el capitalismo. Es decir, lo que dicen estas miradas es que las nuevas tecnologías y la inteligencia artificial van a sustituir al trabajo del ser humano.
Estas interpretaciones parten de la idea equivocada de que los algoritmos y la inteligencia artificial sirven para sustituir al ser humano, cuando en realidad las máquinas de procesamiento de datos y algoritmos, cuando están controladas por manos privadas, responden a la lógica de acumulación. Sirven más bien para profundizar la explotación, para agredir con mayor violencia al trabajo, de manera que la retórica de la sustitución del ser humano por el algoritmo sirve, en todo caso, para ocultar y dejar de ver la enorme ampliación de la población que vende su fuerza de trabajo para sobrevivir, así como los nuevos mecanismos de explotación que se han puesto en marcha a partir del uso de las nuevas tecnologías y la inteligencia artificial.
Para sostener una afirmación rotunda sobre la permanencia de la clase trabajadora, sustentada en amplios argumentos que, en muchas ocasiones perdemos de vista en nuestra mirada occidentalista:
En primer lugar, lejos de desaparecer la clase trabajadora, la clase que vive de la venta de su fuerza de trabajo se ha ampliado en el sector industrial.
Es cierto que una parte importante del proletariado industrial fue desmantelado en los antiguos centros manufactureros de Estados Unidos y Europa, en Detroit, por ejemplo, pero ello no significó el fin del trabajo industrial. La clase trabajadora industrial se reconvirtió y apareció como una fuerza de trabajo superexplotada en las maquilas de México, Centroamérica, África y el sur y sureste asiático.
De manera que hoy, mientras nosotros estamos sentados aquí, mientras otros hablan de que está desapareciendo el trabajo humano, tan sólo en México hay una población de más de tres millones de obreras y obreros que están en las fábricas ahora mismo: fábricas maquiladoras de autopartes, de electrónica, de computadoras, de partes de equipo militar, etcétera, produciendo mercancías y generando enormes riquezas con su trabajo para exportar a Estados Unidos en el marco del Tratado de Libre Comercio, del T-MEC, que ahora defiende la Cuarta Transformación con tanta enjundia.
Hoy la vida de las trabajadoras, de los trabajadores de la maquila, no sólo está absorbida por las fábricas, sino también amenazada por la violencia del crimen organizado al salir de sus centros de trabajo. No es casualidad que en las zonas industriales más dinámicas de México, en Guanajuato, Ciudad Juárez, Tijuana, Monterrey, Matamoros, Jalisco, donde operan las grandes corporaciones industriales del mundo, sean también los epicentros del despliegue más voraz del crimen.
Como ya se ha dicho aquí, el crimen organizado es el mecanismo de disciplinamiento cuyo objetivo es destruir el sentido de comunidad con la muerte y la desaparición. Así, junto con la gerencia despótica del trabajo, junto con los charros sindicales, hoy es también el crimen organizado el mayor garante de la paz laboral que tanto celebra el capital y tanto celebra la Cuarta Transformación en México.
A renglón seguido recoge algunas de las características actuales de la clase trabajadora y del trabajo
Pero la clase trabajadora no sólo se amplía globalmente en el sector industrial.
La esfera que ha pasado por las transformaciones más profundas recientes es el sector servicios, ahí donde ha nacido recientemente lo que algunos llaman el proletariado de servicios. Proletariado de servicios porque es justamente en el sector servicios, ahí donde está ubicada más de la mitad de la población trabajadora del mundo, donde el capital ha implementado mecanismos radicales para profundizar los niveles de robo de trabajo humano.
Este proletariado de servicios, que el sociólogo brasileño Ricardo Antunes llamó infoproletarios, abarca desde trabajadores de centros de atención telefónica, supermercados, hotelería, trabajadores de la industria del software, centros de distribución y trabajo logístico, por ejemplo, en las bodegas de Amazon, cadenas de suministro rápido, trabajo de reparto de plataformas digitales, entre muchas otras. A esta lista se agrega recientemente el trabajo destinado a entrenar sistemas de inteligencia artificial, lo que se llaman etiquetadores.
Lejos de tratarse de empleos marginales o residuales, estos empleos que en algún momento, no hace mucho, se llamaron empleos atípicos, ahora son los empleos más típicos, mientras que los trabajos con derechos garantizados y contratos permanentes son ahora los trabajos atípicos.
El trabajo hoy se caracteriza por ritmos intensificados, vigilancia permanente y una flexibilidad externa de los salarios, jornadas de trabajo que desdibuja incluso los mínimos estándares que hace apenas dos décadas habrían sido considerados inaceptables o directamente ilegales.
Los avances en las tecnologías de la información y la inteligencia artificial han permitido extender la vigilancia y el control del capital sobre la vida entera de los trabajadores. A través de las plataformas digitales y algoritmos que asignan tareas, monitorean el desempeño y determinan los ingresos, la gerencia empresarial puede regular cada segundo del ritmo de trabajo al margen de la reglamentación laboral.
La consecuencia es una creciente y rápida desaparición de la frontera entre el tiempo de trabajo y el tiempo de descanso; cada vez dejan de ser distinguibles una de la otra.
Posteriormente analiza algunos de los tipos de contratación actuales:
En la llamada era de la digitalización se ha instalado un régimen que se caracteriza por la desaparición de los contratos. Ya no hay contratos fijos, ni siquiera hay contratos temporales; lo que hoy predomina es la incertidumbre, el trabajo intermitente y lo que se conoce como contratos por hora cero.
Los contratos por hora cero son las modalidades de empleo en las que el capitalista no garantiza un número mínimo de horas de trabajo y, sin embargo, el trabajador debe estar disponible cuando se le requiera. Bajo este régimen flexible de contratos por hora cero, los trabajadores no tienen garantizado ni empleo efectivo ni ingreso regular, pero deben permanecer disponibles en todo momento para cuando la empresa decida utilizar su fuerza de trabajo.
Esta es la condición cotidiana de millones de repartidores y conductores de plataformas digitales: mientras trabajan generan ganancia; mientras esperan desaparecen estadísticamente como trabajadores, aun cuando continúan siendo sujetos a la exigencia del proceso laboral. De este modo las empresas trasladan a los trabajadores los riesgos del negocio empresarial, obligándolos a absorber los periodos sin venta ni actividad productiva.
Los regímenes de contratación por hora cero que fragmentan y parcelan la jornada laboral han erosionado profundamente los derechos laborales a escala mundial. Bajo este esquema, el trabajador debe permanecer disponible y atento a su dispositivo móvil, esperando a que llegue un pedido o una tarea. Sin embargo, este tiempo de disponibilidad y espera no es reconocido legalmente como tiempo de trabajo. El trabajo sólo comienza a existir jurídicamente cuando se acepta una orden y se inicia la prestación de servicio efectivo. Se trata de un trabajo intermitente que existe al margen de la ley, porque la ley laboral opera fundamentalmente para trabajadores formales que ahora son los menos y para quienes sí tienen contrato, pero no para los trabajadores de plataformas transnacionales que no tienen contrato y laboran plenamente bajo la informalidad laboral.
Las plataformas digitales representan una de las formas más avanzadas de flexibilización y desprotección laboral contemporánea. Los trabajadores de plataformas laboran en una zona gris jurídica que les permite a las grandes corporaciones evadir las obligaciones asociadas a una relación laboral formal.
Concluyendo que esta suma de factores lleva a una realidad de esclavitud:
Esto significa que la jornada de trabajo se amplía exponencialmente, aunque la ley y las cifras oficiales sólo reconozcan parte de la misma. El trabajador permanece subordinado a los algoritmos de asignación, evaluación y control de la plataforma digital, pero gran parte de este tiempo de subordinación no existe, no se contabiliza.
Se configura así una nueva modalidad de esclavitud o servidumbre digital, en la que la frontera entre el tiempo de trabajo, como dije, y el del descanso se diluye por completo, permitiendo al capital apropiarse de crecientes porciones de la existencia de los trabajadores, sin reconocerlas como trabajo efectivo.
Lo más revelador de este proceso es que el enorme ejército de millones de personas que sobreviven en la informalidad laboral, resultado de décadas de despojo, privatización y expulsión social, que han ensanchado de manera descomunal las periferias de las grandes metrópolis, especialmente en América Latina, se ha convertido en la principal reserva de mano de obra para las grandes corporaciones de plataformas digitales.
Gobiernos van y vienen, de derecha a izquierda, progresistas, conservadores, de ultra-ultra derecha, neofascistas o como cada quien le quieran llamar según su encanto, y las corporaciones de tecnología se expanden por medios digitales, precisamente sobre esta masa de trabajadores excluidos de la protección laboral, no para incorporarlos a la formalidad, a la seguridad laboral, sino para perpetuar su lugar en la informalidad, sin prestaciones ni seguridad, y explotar la condición de vulnerabilidad en la que viven.
Al transformarse en las principales instancias de contratación y control laboral, las plataformas permitieron al capital ejecutar una contrarreforma laboral global de facto, sin necesidad de derogar las legislaciones nacionales ni los convenios internacionales de protección al trabajo. Consiguieron destruir en la práctica muchas de las conquistas históricas obtenidas por las clases trabajadoras.
Bajo el discurso de la innovación y el emprendedorismo se reinstalaron formas de empleo caracterizadas por la inseguridad, disponibilidad permanente y transferencia sistemática de riesgos hacia los trabajadores, configurando una de las mayores regresiones laborales en la historia del capitalismo.
El resultado se ve en el surgimiento de una población trabajadora orillada de formas extremas a la explotación, sin seguridad, prestaciones, salarios garantizados, sin jornadas definidas, sin metas de trabajo establecidas, sin estabilidad alguna.
Dejando claras algunas de la razones para todo este proceso:
Y aquí hay que decir que la ausencia de reconocimiento jurídico y estadístico no es una falla del sistema, sino una condición que permite su funcionamiento.
Ahí proliferan formas extremas de explotación que incorporan a niños, niñas, adolescentes, personas mayores, personas con discapacidad, personas con trastornos crónicos de salud física y mental, migrantes, trabajadores expulsados de los mercados laborales convencionales y amplios sectores empobrecidos que se ven obligados a aceptar cualquier oportunidad de ingreso para garantizar un nivel de infrasubsistencia.
Es decir, el empleo por medio de plataformas no elimina la marginalidad, la reorganiza bajo una nueva arquitectura tecnológica, donde millones de trabajadores existen productivamente para el capital, pero permanecen invisibles como sujetos de derecho. Por eso decir que la inteligencia artificial sustituye al trabajador sólo contribuye a esconder las condiciones nuevas de extrema explotación.
Como parte de este ejército de invisibles, de trabajadores impalpables para las estadísticas, se suman los trabajadores que elaboran haciendo lo que se conoce como el home office o trabajo en casa.
Esta es una de las formas más acabadas de fragmentación y atomización de la clase trabajadora. Millones de personas laboran desde sus casas, desde sus cuartos, desde sus baños si es necesario, aislados frente a un dispositivo, a una pantalla, atendiendo cientos de llamadas por día, procesando datos o cumpliendo ritmos impuestos por los patrones a través de plataformas y algoritmos. Son trabajadores contratados por empresas, que a su vez son subcontratadas por otras empresas, que a su vez son subcontratadas, y así una cadena interminable de terciarización, donde el que manda termina siendo las grandes corporaciones tecnológicas.
Añade a continuación algunas consideraciones intrínsecas a la explotación protagonizada por efecto de la inteligencia artificial:
Y como si esta nueva arquitectura de explotación no fuera suficiente, vale mencionar que la propia inteligencia artificial está ampliando un proletariado global que está totalmente oculto detrás de las actividades de lo que se conoce como el etiquetado o anotación de datos. Detrás del mito de máquinas de procesamiento de datos autónomas y capaces de aprender por sí mismas, existe en realidad un gigantesco ejército de humanos encargados de clasificar imágenes, textos, sonidos y millones de fragmentos de información, lo que también se conoce como microtrabajos, que hacen posible el funcionamiento de los sistemas de inteligencia artificial. La inteligencia artificial de las máquinas descansa sobre un trabajo humano totalmente invisibilizado.
Si algunas estimaciones muy conservadoras indican que hay alrededor de 450 millones de personas en el mundo que son explotadas por redes globales de subcontratación para entrenar a la inteligencia artificial de los gigantes tecnológicos, trabajando por salarios de 1 o 2 dólares por hora. Millones de trabajadores en todo el mundo realizan estas tareas desde sus propios hogares, con sus propias computadoras, pagando su electricidad, su conexión a internet y hasta el espacio físico donde laboran.
El capital tecnológico ha encontrado así una nueva forma de apropiación: externalizar los costos de la producción mientras concentra la ganancia de la innovación.
Incluso la vida cotidiana queda absorbida por la lógica del control algorítmico. Los tiempos de conexión, las pausas, los ritmos de producción y hasta los momentos de descanso, incluso los momentos para ir al baño en tu propia casa, son vigilados y regulados por plataformas que operan mucho más allá de las fronteras laborales tradicionales.
Este ejército global que labora para la inteligencia artificial, conocidos como ghost workers o trabajadores fantasmas, revela una de las mayores contradicciones de la era de la inteligencia artificial. Mientras se anuncia pomposamente el reemplazo del ser humano por máquinas inteligentes, millones de seres humanos son sometidos a nuevas formas de trabajo invisibles para hacer posible esa automatización. La máquina no elimina el trabajo, lo oculta.
La promesa de una tecnología que liberaría al ser humano del trabajo revela así su profunda contradicción. Detrás de la inteligencia artificial se multiplican nuevas formas de subcontratación, vigilancia y precariedad. No son máquinas sustituyendo simplemente al trabajador, son trabajadores invisibilizados sosteniendo el funcionamiento de las máquinas inteligentes.
Tiempos modernos, jornadas antiguas, vidas completamente subsumidas al ritmo del capital tecnológico. Esa es la nueva realidad social que acompaña a la inteligencia artificial. Esa es la nueva factura del trabajo en el capitalismo financiero de hoy. Esa es la guerra de hoy contra el trabajo.
Por extraño que parezca tras la realidad presentada, su conclusión final no es pesimista:
Sin embargo, la clase trabajadora, a pesar de su ampliación, su diversidad y heterogeneidad, resiste y se rebela, y lo hace de múltiples maneras.
Aunque estas luchas rara vez ocupan los titulares de los grandes medios y son sistemáticamente ignoradas por la clase política dedicada enteramente a administrar la barbarie, la lucha de las y los trabajadores atraviesa hoy prácticamente todos los rincones del mundo. Mientras la expansión del capitalismo ha multiplicado a la clase trabajadora, es decir, al número de personas obligadas a vender su fuerza de trabajo para sobrevivir, también se han multiplicado las formas de resistencia.
La clase trabajadora de hoy ya no es la misma que hace 60, 40 años. Es la obrera de la maquila fronteriza que, contra el abuso, el acoso y los salarios de miseria, se organiza hasta parar la producción o hacer estallar la mayor huelga de la industria maquiladora, que fue la de Matamoros en 2019. Son las y los obreros automotrices que enfrentan al charrismo sindical reciclado bajo el discurso de la Cuarta Transformación. Son las y los obreros que también son campesinos en el Bajío, en Tlaxcala, en Puebla, que además de trabajar en la fábrica, también cultivan la tierra para sostener la vida colectiva frente a la insuficiencia, en algunos casos, de los salarios.
Son las y los repartidores de Brasil, España, Reino Unido, China y México, que en este último caso, en México, desde la Unión Nacional de Trabajadores por Aplicación o desde “Ni un repartidor menos”, desafían la tiranía corporativa de los algoritmos.
Son los jornaleros de San Quintín que resisten la maquinaria extractiva del agronegocio. Son los migrantes, las migrantes en Estados Unidos que tras jornadas extenuantes en restaurantes, hoteles, en jardines, se enfrentan a la violencia del ICE. Son los trabajadores de Amazon en California, Nueva York, Illinois, que demostraron a Jeff Bezos que su riqueza no cae del cielo sino del trabajo.
Es también el deportado confinado al call center en México, la trabajadora doméstica que con sus cuatro o más jornadas de trabajo al día hace que la máquina de explotación funcione, el migrante interno explotado en los enclaves turísticos y el magisterio disidente que desnuda la subordinación del Estado al gran capital financiero.
Son también los estibadores italianos que se niegan a cargar mercancías destinadas a alimentar el genocidio del pueblo palestino. Y la lista es interminable.
La cuestión entonces no es si la resistencia existe. Existe y se expande en todos los rincones del mundo. El verdadero desafío consiste en aprender a reconocerla ahí donde el capital procura volverla invisible, con la complicidad de la academia que proclama el fin del trabajo. Se trata, creo yo, de comprender que la clase trabajadora del siglo XXI es más amplia, mucho más diversa y más dispersa que nunca. Se trata de entender que somos trabajadores del campo y de la ciudad y el capitalismo no se mueve ni un milímetro sin nuestras mentes, sin nuestras manos, sin nosotros, sin nuestro trabajo.
El reto entonces es construir lazos y formar organización basados en el llamado zapatista: construir el común, que tiene la posibilidad de convertir esa enorme diversidad en una fuerza colectiva.
Lo decíamos al principio, unos análisis, un enfoque y un texto en general de lo más sugerente para la reflexión y que, por ello mismo, os animamos a leer en su totalidad. Eskerrik asko al autor.

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